En la huerta valenciana – narración para acercar una realidad desconocida y alejada del típico costumbrismo valenciano y huertano.

Poco o nada sabemos, en realidad, aquellos que vivimos en estos tiempos, como ha sido realmente la vida en la huerta de Valencia. Ni tan siquiera podemos llegar a hacernos una idea. No vamos a tratar de localizar geográficamente cada uno de los puntos que la conformó. Tampoco vamos a puntualizar todas y cada una de las alquerías y barracas que la rodearon, puesto que es bien seguro que podríamos escribir no un libro, sino varios. Lo cierto es que si nos preguntaran a todos y cada uno de nosotros que es la huerta valenciana, contestaríamos la gran mayoría lo primero que nos llegaría a la mente, que no es otra cosa que los típicos productos de la tierra y la imagen típica que puede verse en una postal costumbrista de la época. Lejos de esa realidad, aunque esa estampa bella formó parte de aquella vida, para nada se acerca a la realidad que uno se puede imaginar, al igual que los diferentes cultivos han variado a lo largo de los siglos. 

El día a día del huertano difería de esa vestimenta y carácter costumbrista que se quiso mostrar durante una etapa de nuestra historia, la cual ha prevalecido por encima de cualquier otra relegando la realidad huertana. Pocas veces se da a conocer que por entonces la huerta no es que fuera dura o difícil para vivir día a día, es que en muchas ocasiones el trabajar las tierras para mantener y dar de comer a la familia era, digámoslo así, un modo de “esclavitud”, pues podía darse el caso de que las tierras no pertenecían a quien las trabajaba por no poder permitírselas, sino que eran tierras arrendadas (esta característica salía mucha más económica de mantener y permitía tierras a aquellas familias con menor poder adquisitivo).  

Como debemos de empezar por algún lado, deberíamos apartar todos nuestros ideales preconcebidos que tenemos en estos momentos, aquellos que la sociedad nos ha enseñado en este tiempo que nada tiene que ver con aquello que, básicamente, se ha perdido en su gran mayoría.

Tenemos, también, la insana costumbre de dar por hecho todo aquello que nos cuentan, darlo por sentado si lo vemos escrito por alguien en una revista, prensa o en un libro, cuando puede que ni sea la verdad, o única verdad, declinando todo aquello que nos estamos perdiendo para conocer parte de la historia de nuestros antepasados. Esa insana costumbre se ha convertido en nuestro pan de cada día, la de aceptar todo aquello que leemos sin preguntarnos el porqué de las cosas o rebatir algo para aportar cosas nuevas. Pero no lo podemos evitar, o sí, puesto que esta moda de la involución va con esta sociedad, por desgracia, además de no leer y quererlo todo reducido en “formato comprimido”. Y dado que debemos de adaptarnos a estos tiempos, vamos a intentar ´”comprimir” ese conocimiento para que entendáis que la huerta valenciana, la que no conocéis muchos de vosotros, tiene otra realidad que durante siglos ha sido tan respetada como temida.

De todos es bien sabido que la huerta necesita uno de los elementos de la tierra básicos para subsistir, que no es otro que el agua. En nuestras tierras, esa agua ha ido ligada a una histórica institución que todos, bien seguro, habréis oído hablar alguna vez: el Tribunal de las Aguas.

Fuente: diariodeunalemol.com

Fuente: diariodeunalemol.com

La típica historia que puede leerse sobre el origen y el nacimiento del Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia es la que se puede encontrar en su página oficial, donde se dice que es la más antigua institución de justicia existente en Europa. Y cierto es, aunque hay que matizar. También se dice que aunque ya existiera desde tiempos de los romanos alguna institución jurídica que resolviera los problemas del agua en tierras de Valencia, la organización que hemos heredado data de los tiempos de Al-Andalus y, muy posiblemente, de la época del Califato de Córdoba, perfeccionada desde los primeros momentos de la conquista del Reino de Valencia por el rey don Jaime. Vaya, ¿entonces se lo debemos todo a nuestro rey don Jaime? Para nada. Desde el siglo VIII, Valentia sufre un gran cambio social, político, cultural y agrícola, aunque todo lo conformado desde esa fecha ya existía en parte.

El Tyrius (el Turia actual), era ya hace casi 3000 años la principal fuente de alimentación y de abastecimiento para esa población pastora y labradora que aquí vivió antes de la llegada y expansión del imperio Romano para conformar Valentia. Hablamos de los edetanos, que les debemos mucho más de lo que creemos y que muchos ignoran. Desconocida para muchos de nosotros, sus creencias y su fe se basaban en los elementos naturales de la tierra así como en sus energías, como son el agua y el fuego, algo que todavía consideran como natural y como dogma de fe los naturales valencianos en la huerta. Fueron los romanos quienes perfeccionan e inician las construcciones de simples sistemas de regadío y de transporte del agua (canales) de lo que ya había en la actual Valencia por entonces, siendo conocedores de la cultura al agua por los pobladores edetanos, y que con el paso de los siglos han sido mejoradas, en gran parte, por los musulmanes.

No se sabe a ciencia cierta cuales eran los principales cultivos en la huerta en época romana (se sabe más exactamente cuales son introducidos en época musulmana), aunque sí se sabe que existían debido al entramado que se construyó para abastecer zonas limítrofes y cercanas a la población o asentamientos. Lo que sí se sabe a ciencia cierta era que Valentia poseía en abundancia el cultivo del cereal, además de la vid y el olivo.

La huerta y la tierra valenciana crece así como principal productora logística para abastecer, sobre todo, las campañas romanas de conquista sobre Iberia, al igual que también se ha de tener en cuenta las llamadas factorías de conserva, una de ellas como puede ser, como ejemplo, la que os hablamos en nuestro nuestro artículo de la Cala del Ministro de Xàbia.

Por entonces la chufa, tan presente hoy en día en nuestros tiempos, era puramente anecdótica, aunque cabe decir que era autóctona, tal y como ya os explicamos en nuestro artículo sobre el origen de la horchata al intentar certificaros que los musulmanes NO introdujeron la chufa en nuestras tierras, pues no sabían diferenciar las diferentes especies de juncias que aquí se hallaban. Lo mismo podemos decir de la naranja, aquella de la que hablamos en nuestro artículo de “la naranja valenciana: su origen y los inicios de la exportación“, la cual no comenzó en nuestra Península Ibérica hasta el califato de Córdoba, con las naranjas amargas o “naranjas de Sevilla” por ejemplo. A pesar de esto, es conocido que en el siglo V ya había constancia de naranjas llegadas desde África, que al fin y al cabo, todas estas llegaron de procedencia asiática asentándose en terrenos como Egipto. En un principio, el naranjo es usado como un árbol ornamental y de decoración de patios, como lo fue en la Mezquita de Córdoba y de Sevilla, donde posteriormente llegó a nuestras tierras a los Patios de la Lonja de Valencia, por poneros un ejemplo, extendiéndose así a todo el imperio. Por lo tanto, los precursores y quienes introdujeron el cultivo de la naranja son aquellos habitantes de los califatos y taifas.

Con todas estas afirmaciones podríamos decir que, principalmente, el modo de vida de aquellas personas durante la etapa romana, como base agraria en aquel momento, era la huerta y la tierra valenciana como medio de vida principal para subsistir. Así que si era su modo de vivir ¿por qué no establecer unas normas y regularlas mediante unas leyes para el reparto de uno de sus principales tesoros (el agua)? Bienvenidos al origen del Tribunal de las Aguas…

Volviendo al tema de los Edetanos, la historia nos cuenta que, en la gran mayoría de ocasiones, Edeta se desmoronó a principios del siglo II a. C. con la destrucción de la ciudad y de gran parte de los poblados de su territorio. Aquello que las fuentes denominan “Regio Edetania” y que sería configurado a partir de ese momento bajo una dominación romana. Lo que no nos cuentan es qué pasó, con más detalles, a partir de ese momento con lo que ya había configurado  y con la llegada de los Romanos a nuestras tierras.

Lo que ocurrió, por resumirlo, es que las creencias y la cultura del agua fue respetada, de tal manera que pobladores edetanos conquistados y los que conforman Valentia dan lugar a lo que hoy conocemos como el Tribunal de las Aguas, creando unas leyes para aplicar bajo unas creencias y justicia única en la huerta valenciana, siendo pues una institución más que milenaria. Y es que la huerta valenciana debe su vida para subsistir al Tribunal de las Aguas, y este último se debe, como vida perpetua, a la huerta. Lo uno sin lo otro no podría existir. Es aquí donde debemos decir, y puntualizar que de la misma forma que una población, como la valenciana, no nace desde el 1238 por mucho que nos hagan creer en algunos libros de reciente publicación (aquí convivieron durante siglos antes de la llegada de Jaume I musulmanes en mayoría desde su llegada, junto con judíos y cristianos en mayoría), una institución como dicho Tribunal no se conforma de la noche a la mañana con la llegada del Califato ni la creación más tardía de la Taifa valenciana (Balansiya), ni la perfecciona y da leyes el monarca aragonés, pues estas ya existían mucho antes.

Sabedores los romanos del poder “divino” del agua, no se atreven a infringir la Fe ni la divinidad de lo que ya había en lo que hoy conocemos como la actual plaza de la Virgen (en origen el pozo divino edetano lleno de serpientes), además del resto de las tierras que conquistan, respetando así pozos, manantiales, ríos o cualquier lugar donde el agua estuviera presente. Que en las excavaciones de la actual Basílica de la Virgen de los Desamparados allá por el siglo XVII se encontraran numerosas lápidas y otras disposiciones romanas, no fue pura casualidad. Aquel lugar ya fue sagrado cientos y cientos de años atrás, lugar donde los romanos construyen su Oppidum y el templo a Diana.

Y es que allí hubo en otros tiempos, y seguramente seguirá enterrado, aquel pozo sagrado de peregrinación, de culto y divinidad por edetanos. Lugar donde todas las culturas que han pasado por Valencia han edificado su templo o lugar sagrado de culto, desde edetanos, romanos, visigodos y musulmanes, hasta llegar a los cristianos con la actual Catedral.

Todo lo que se encontró de origen romano sobre la actual Basílica se dice muy bien en “Lithologia o Explicacion de las piedras y otras antigüedades halladas en las canjas que fe abrieron para los fundamentos de la Capilla de nueftra Señora de los Desamparados de Valencia” obra de Joseph Vicente del Olmo, un documento que se puede encontrar en la Biblioteca Nicolau Primitiu para conocer lo que se encontró en las excavaciones de la Basílica, donde los romanos dejaron allí parte de su historia por algún motivo que muy pocos conocen pero que callan.

Los ciudadanos de aquella Valentia tenían muy presente el elemento natural del agua en su quehacer diario, tanto por la construcción de canales y sistemas para la llegada del agua a las zonas para el cultivo y riego de sus tierras; la utilización del agua para las termas, el cual una de ellos, sus resto, puede verse en el Museo de la Almoina; como el respetar pozos y acuíferos o permitir la construcción de nuevos de ellos, además de nombrar y recordar algunos de esos restos que todavía pueden verse hoy en día como el de la localidad de Calles y Chelva, conocido como el acueducto de la Peña Cortada.

Con el paso del tiempo y con la llegada de la dominación musulmana, se sigue respetando la jurisdicción y justicia del Tribunal de las Aguas por ser temidos, ya que estos, quienes defienden la huerta valenciana, aplican la justicia divina de una forma muy peculiar en la que a nadie le gustaría ser juzgado. Lo mismo pasa con la llegada de Jaime I, aunque en este caso la historia tergiversa de alguna manera lo que llega hasta nuestros días para hacernos creer que las actuales leyes de la huerta que dan los Síndicos para cada una de las acequias las conforma el monarca aragonés conquistador. Para nada esto es así, ya que Jaime I lo único que hizo fue, mediante Fuero, confirmar los “Us y Costums” (usos y costumbres) que ya existían (les dota de un régimen jurídico reconociéndolo como una institución propia del Derecho foral valenciano), continuando así el respeto que ya existía a este Tribunal desde la llegada de los musulmanes. Son diferentes las teorías sobre lugares en los que se cree que el Tribunal se reunía los jueves en época musulmana, una de ellas, la que más se cree, en el interior de la Mezquita Mayor como muestra de respeto sobre el Tribunal. Pero no solo el monarca aragonés teme y respeta el Tribunal, ya que son también los sucesores en el trono e, incluso, los que instauran los Decretos de Nueva Planta aboliendo el Reino de Valencia ya en el siglo XVIII (los borbones) los que siguen temiendo este Tribunal al que siglos tras siglos se le siguen otorgando privilegios, además de los propios franceses con la llegada del ejercito de Napoleón, la constitución de Cádiz de 1812 y todo lo que viene después hasta llegar a nuestros días. Tan respetado como temido.

No podemos olvidarnos de nombrar nuestra querida Albufera, tan importante para la huerta desde los tiempos antiguos tanto para el cultivo como para la práctica deportiva con la Vela Llatina. Conocida por los romanos como Nacarum Stagnum y en donde algunos poemas árabes se le denomina Espejo del sol, la Albufera es nombrada en numerosos poemas como lugar “sagrado”: 

“. . . Levántase allí la ciudad de Cicana (Sueca) llamada así por los íberos a causa del próximo río que toma su nombre Sicano (el Júcar) y no lejos del desparramiento de las aguas de este, el río Turia rodea la ciudad de Valentia, más por la parte que la tierra se aparta del mar a larga distancia, la región ofrece a la vista sus espaldas llenas de malezas, por allí vivían apacentando numerosos rebaños los beribraces, gente bozal y feroz que alimentándose con leche y queso sustancioso vivían robusta a manera de fieras. Por detrás de esto corre la sierra Capasia con mucha elevación y aquellas playas desnudas de vegetación se extienden hasta los términos de la derruida Chersoneso. Junto a ellas se extiende el lago de las nácaras (la Albufera) y en medio de él se levanta una pequeña isla (la Montaña de los Santos) que produce olivos y por esta razón está consagrada a Minerva . . .”

Rufo Festo Avieno. «Versos 479-495». Ora Marítima (papel).

Pero de la misma manera que el agua forma parte de la huerta valenciana, también forma parte el fuego, elemento también temido por todos aquellos que han estado en el poder, incluso por la iglesia. Hoy, ajenos a toda esa creencia más que milenaria, debatimos, por ejemplo, la quema de la paja del arroz desde una cuestión ambiental, la cual se realiza no solo por un motivo de plagas y por librarnos de la “maleza” del cultivo, sino también por una tradición huertana. De la misma forma hay que hablar de las bendiciones que pedía el huertano para su cosecha. Bendiciones milenarias y que hoy en día poco se practican ya, a la vez que las maldiciones, que alguna vez pueden verse, dad gracias si lo habéis hecho en la huerta, estas últimas incluso en las fallas muy rara vez… ¿cómo que en las Fallas? Pues sí queridos amigos, nuestra máxima fiesta nace en la huerta, en nuestra querida huerta valenciana. Que la gran mayoría de viajeros durante siglos coincidan casi en su descripción, como Lady Holland en su “Lady Holland´s Spanish Journal” (1802-1805); Alexandre Laborde en 1806; o José Calasanz Biñeque en 1819 en su visita a Valencia, por citar algunos de ellos, no es casualidad. Todos ellos hablan de muñecos grotescos, en ocasiones vestidos con ropajes de la época, y todos ellos realizados de paja y acompañados, o no, con décimas o coplas escritas en una cartela, elemento que hoy se sigue utilizando para la sátira fallera, muchos de ellos escritos en “Espardenya” valenciana, tal y como ya os explicamos en el origen de las fallas en nuestro artículo, en el cual nos extendemos mucho más para explicar porque las fallas nacen en la huerta.

Imagen de un "STOT", falla en origen. Imagen cedida por So Andrés Castellano

Imagen de un “Stot” huertano convertido en “Ninot”, falla en origen. Imagen que corresponde a una falla. Cedida por So Andrés Castellano

Todos estos muñecos tienen una forma parecida a lo que comúnmente llamaríamos “espantapájaros”, el cual, nuestros antepasados en la huerta, han utilizado tanto para bendecir su cosecha como para maldecir a aquel que le robara o la estropeara su cultivo. Por supuesto esa maldición también la podría efectuar a cualquier persona en demanda de justicia, donde diríamos que al igual que el agua es el elemento de justicia en el Tribunal de las Aguas, es el fuego en esta ocasión el elemento de justicia para el huertano o la falla en origen en cuestión.

Al igual que la huerta está desapareciendo en su práctica totalidad en favor del crecimiento urbano, también ha desaparecido la costumbre de los Síndicos del Tribunal de las Aguas de aplicar las leyes de sentencia y justicia en favor de la huerta valenciana. Muchos coinciden en que lo que hoy se vive en la puerta de los Apóstoles en la Catedral de Valencia, difiere mucho de la realidad del antiguo tribunal, y razón no les falta.

También hemos de hablar, sin ánimo de menosprecio, de los “talibanes” de la paella, pues son ellos quienes de la misma manera perjudican el nombre de nuestro querido plato más reconocido de manera internacional y, a la vez, uno de los más agredidos internacionalmente, aunque quizás no tanto como la pizza (que se lo pregunten a un italiano). En este sentido cabe decir que era común, en la huerta de cada comarca y de cada uno, usar los ingredientes de temporada para preparar la paella que reunía a la familia y/o amigos, tanto en ocasiones familiares como durante celebraciones. Así como en La Albufera se utilizaba la “rata de agua”, ingrediente autóctono de la paella, es común ver como en Benicarló se sigue utilizando la alcachofa o en La Safor el pimiento, por nombrar alguno de ellos. La paella, como tal, es un plato de origen valenciano y nunca será ni murciano, ni madrileño ni catalán, donde dicho esto cabe omitir pues el término “valenciana”, pues damos por sentado que la paella es valenciana. De la misma manera, dicho lo anterior y primero, los ingredientes que se utilizan en la paella son los que comúnmente conocemos, pero que en cada comarca valenciana pueden variar dependiendo de las tradiciones del lugar, algunas de ellas más que centenarias.

Cabe mencionar también, sin entrar en polémicas, la unión del hombre y el animal, donde juntos han formado “equipo” para trabajar la tierra y la huerta a lo largo de los siglos y conseguir así el fruto de la cosecha deseada, tanto en cualquier parte del mundo como en las tierras valencianas. Lo que hoy en día se conoce como “el tiro y arrastre, un deporte autóctono valenciano”, se sabe que cada 21 de Agosto tenían lugar en la antigua Roma (y también en Valentia) las fiestas en honor a Conso, en las que había una competición de tiro y arrastre, tal y como nos indica Gabriel Castelló Alonso en su artículo para historiasdelahistoria.com, autor del libro “Valentia”, una bella novela histórica sobre Valentia en tiempos de Sertorio. Hoy en día esta práctica, al igual que la quema de la paja del arroz, se ha convertido en tema de polémica para que ambas queden abocadas a su desaparición (o eso es lo que quieren algunos sin apenas conocer el porqué de las cosas y su origen). 

Y es que estas líneas, que podrían ser más extensivas, solo tratan de hacer ver al lector que todo aquello que conocemos no podemos darlo por sentado, que tenemos la obligación de importarnos y conocer lo que no nos cuentan para preservarlo o, en su defecto, comunicárselo a nuestros hijos y nietos. Por alguna que otra razón la sociedad, vamos a generalizar y decir sociedad por no decir ni concretar o dar nombres sobre los propios interesados, no quiere que sepamos todo esto escrito desde el primer párrafo por algún motivo. Prefiere que sigamos creyendo en los versos de Teodor Llorente de “la Barraca Valenciana” o que no tratemos de ver otra realidad distinta de la novela de “La Barraca” de Vicente Blasco Ibañez, cuando en ella podemos observar al tio Tomba, el ciego, como símbolo de la sabiduría natural de la cultura valenciana. 

En estos días donde vivimos deprisa, las diferentes religiones nos “obligan” mediante la creencia bien en la Torah, el Corán o en la Biblia, a seguir una u otra pauta (aunque cada vez tenga más presencia el laicismo y el ateísmo). Si bien podríamos decir que tras trabajar nuestro fruto cada día tenemos que dedicar un día para descansar y dar gracias a “Dios”, variando éste último según sea nuestra religión, podríamos decir que la importancia de dichos días viene establecida desde siglos atrás por algún motivo aparente. Si bien los viernes para los musulmanes es su día sagrado, siendo el día en el que se reúnen para rezar en congregación; es el sábado el sagrado día para los judíos, el del llamado Sabbat (escrito también shabat, en hebreo: שבת: shabbath, ‘cesar’); por último, de todos es sabido que el domingo es el día de los cristianos, el cual su nombre proviene del latín “dies Dominicus” (‘día del Señor’), debido a la celebración cristiana de la Resurrección de Jesús (por cierto, en la antigua Roma se llamaba a este día “dies solis”, traducido como ‘día del sol’).

Seguramente os estaréis preguntando porque esta explicación para despedir el artículo, pero no teníamos otra manera de resumirlo antes de lanzaros la siguiente pregunta. Si todos esos días son sagrados para cada una de las diferentes religiones y creencias, ¿Cuál creéis que será el día natural sagrado en la cultura natural valenciana basada en la creencia del fuego y el agua en la huerta? La respuesta la tenéis todos los jueves a las 12:00h en la puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia…una respuesta más que milenaria, aunque, por desgracia, desvirtuada.

 

Foto de portada: Postal antigua “Cullint flors (1909 a. de)Anónimo”, de la imprenta de Enrique Bort (BV José Huguet). 

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