Hace ya algún tiempo os hablamos en un artículo de los Museos curiosos en la Comunidad Valenciana, pero quizás nos faltó incluir, y en primer lugar, uno muy especial que puede que a muchos os de reparo visitar: el Museo del Silencio, o lo que es lo mismo, el Cementerio Municipal de Valencia.

El respeto o miedo que puede imponer este lugar, no debe de ser motivo para no visitar uno de los lugares que más requiere de estudio para entender la gran arquitectura de muchos de los monumentos que en él se erigen. Este museo al aire libre comienza tras cruzar su puerta de entrada, donde uno no puede evitar mirar a todos los lados para ver a la derecha dos inscripciones, justo encima de nosotros una bella composición de colores en el techo o justo a nuestros pies el escudo de Valencia, que nos da la bienvenida a un lugar de descanso y paz. 

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El maestro y artífice de la ruta y del llamado Museo del Silencio, Don Rafael Solaz, hizo más que ameno el recorrido para descubrirnos curiosidades, historias y arquitectura de muchos panteones de aquellos aristócratas y burgueses con gran poderío o de suma importancia en la Valencia antigua. El paseo fue agradable y tranquilo junto a los asistentes, además de la compañía en todo momento en numerosas ocasiones de la colonia de gatos protegida que habita en el interior del Cementerio Municipal de Valencia, donde en su gran mayoría, y como curiosidad, se encontraban muy cerca del lugar donde descansa Don Vicente Blasco Ibáñez.

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Cabe decir que el Cementerio General de Valencia, considerada una obra del neoclásico español que se encuentra en el llamado antiguo camino de Picassent y que nace en 1807 un domingo 7 de junio, inició su construcción en 1805 con motivo de la Real Orden expedida por el Carlos III un 3 de Abril de 1787, que por así decirlo “desterraba los cementerios extramuros de la ciudad” o “…fuera de las poblaciones siempre que no hubiere dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ellas, en sitios ventilados e inmediatos a las Parroquias y distantes de las casas de los vecinos y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos”… tal y como dice parte de la Orden. La construcción fue llevada a cargo de Cristóbal Sales (1763-1833) junto con Manuel Blasco (+ 1823), arquitectos municipales y académicos de San Carlos. 

Hasta entonces los cementerios se encontraban dentro de la ciudad de Valencia, en los Parroquiales o sus anexos, donde a día de hoy todavía es posible ver alguno de ellos en numerosos mapas anteriores a la época de construcción del cementerio. Era normal que muertos y vivos convivieran en las cercanías y esto fue aceptado hasta que, por cuestiones de salubridad, se estableciera el actual Cementerio General en 1807, aunque no fue hasta 1812, por decreto de 5 de febrero de 1812, cuando cesaron los enterramientos en las iglesias parroquiales o en sus cementerios, disponiéndose un nuevo reglamento sobre los entierros por haberse cometido diversos abusos en la conducción de cadáveres. La exclusiva de los entierros, tal y como cuenta Carmen Rodrigo Zarzosa en su publicación Monumentos funerarios en Valencia, fue concedida por D. Agustín de Quinto, entonces Director General de Policía, a la Casa de la Misericordia cobrando por cada entierro 52 reales de vellón y por los párvulos 26 reales, obligándose a procurar los féretros, organizar la conducción de enterramientos y abonar los honorarios al capellán del cementerio. A cambio, estaban obligados a enterrar gratis a los pobres siendo pues afectados, como señaló Cruz Román, los miembros del antiguo gremio de sepultureros.

En el interior del Cementerio habitan y conviven numerosas obras de diferentes arquitectos, como por ejemplo las obras de José María Manuel Cortina Pérez (1868-1950), que fue arquitecto Municipal del cementerio y del cual se disponen una treintena de obras realizadas en su interior. Como bien pudisteis ver en nuestro artículo de “la Paterna de Cortina”, en sus obras fluye el modernismo y la fantasía medievalista, siendo, pues, éstas un claro ejemplo de la pomposidad de la clase alta de aquella Valencia antigua. 

A lo largo de la historia el Cementerio, éste ha tenido que ampliarse en varias ocasiones, siendo la más destacada la que se inició en 1880 y que se demoró por culpa de la epidemia del cólera más grande sufrida en Valencia (la de 1885) de las 7 epidemias de “apestados” que ha sufrido el Cap i Casal. En memoria de aquellas más de 5000 personas fallecidas por el cólera de 1885 se erigió la gran Cruz del Cólera, cruz que fue restaurada debido a su mal estado.

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Y es aquí donde vimos por primera vez un búho. Animal que en numerosas ocasiones vimos por el recorrido representando a la oscuridad por el hecho de su “vida nocturna”, relacionándose éste con la muerte.

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Los numerosos panteones que visitamos fueron dignos de parada para conocer un poco más acerca de las personas que allí descansan.

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Uno de ellos, por ejemplo, fueron los Panteones de los marqueses de Campo y Caro adosados a una capilla presidida por la Mare de Déu.

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Panteones de los marqueses de Campo y Caro adosados a una capilla presidida por la Mare de Déu. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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Panteones de los marqueses de Campo y Caro adosados a una capilla presidida por la Mare de Déu. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

El otro, de obligada visita para nosotros, es el que está considerado como el monumento funerario más antiguo del Cementerio General, obra del arquitecto Sebastián Monleón y el escultor Antonio Marzo en 1846, para el joven de 20 años D. Juan Bautista Romero Conchés fallecido en 1845. Este jovenzuelo era hijo del Marqués de San Juan, Juan Bautista Romero, aquel del que os hablamos en nuestro artículo de “los leones que fueron rechazados en Madrid están en Valencia”, artífice de que llegaran los leones rechazados del Congreso de los Diputados de Madrid.

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Panteón obra del arquitecto Sebastián Monleón y el escultor Antonio Marzo en 1846, para el joven de 20 años D. Juan Bautista Romero Conchés fallecido en 1845. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

Pantéon también el que vimos fue el de la familia Moroder, obra del arquitecto A. Martorell y del escultor Mariano Benlliure en 1907, uno de los más admirados y más fotografiados de la ruta, un panteón claramente con connotaciones de Art Nouveau (modernista), y que por cierto ha sufrido diversos saqueos en los últimos tiempos debido al bronce de muchos de sus detalles. Curiosamente esta familia, la Moroder, fue, entre otras cosas, quienes introdujeron la comercialización de las cerillas marca “El Globo”, dado que hasta entonces en Valencia se utilizaban las pajuelas (pallús) vendidas por los “palleters”. Por cierto ¿os suena de algo un tal Vicente Doménech? Así es, el famoso palleter (si hubiera sobrevivido a la guerra), se hubiera quedado sin trabajo posiblemente.

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Uno de los más llamativos que visitamos fue el que había cercano al del hijo del Marqués de San Juan, donde cabe destacar que es el único con luz artificial del cementerio y con su propio contador… ¿os imagináis éste lugar del cementerio iluminado en medio de la oscuridad? Además, su lápida, contiene curiosos grabados que nos llamaron la atención, como un ángel apocalíptico tocando la trompeta y varios difuntos a su alrededor. Todo un misterio este panteón…

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El único con luz artificial del cementerio. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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Rafael Solaz en el panteón de Sorolla. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

Las historias y anécdotas que recorrieron el camino fueron entrañables muchas de ellas, a la par que curiosas, donde nos hizo realmente gracia la de una familia de etnia gitana que enterraba a un familiar suyo y antes de dar plenamente la completa sepultura introdujeron un teléfono móvil en el interior del féretro…alegando, además, que era “por si ellos tenían que llamar”. 

No menos curioso es el timbre que se encuentra ya en el interior del cementerio nada más cruzar la puerta de entrada principal, que bien podríamos decir “si alguna vez te quedas encerrado, no temas…toca el timbre y todo solucionado”. Pero no temáis si esto os ocurre alguna vez, porque como bien nos dijo Rafael Solaz durante la ruta: “el peligro está ahí afuera, con los vivos”.

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“Si alguna vez te quedas encerrado, no temas…toca el timbre y todo solucionado”. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

Entre la numerosa simbología que fuimos viendo repetida, se encuentran ángeles, cruces, todo tipo de simbología religiosa o la guadaña representando la muerte, al igual que los símbolos de “A y Ω” (Alfa y Omega), el principio y el fin; marcas de masonería; decenas de marcas extrañas y todavía hoy muchas sin explicación, como la de una mano en una tumba en forma de “no poder abrirse o impidiendo que ésta sea abierta”; o las del cementerio civil, un lugar donde además de encontrarse Blasco Ibáñez, el periodista Azzati o Constantí Llombart, entre otros, podemos ver numerosas estrellas de David porque allí se inhumaron todo tipo de laicos, extranjeros o aquellos que simplemente no eran católicos y eran libres pensadores (incluidos musulmanes mirando hacia la Meca…).  

Sin duda alguna podríamos estar dedicando páginas y páginas a este recorrido que hicimos en tan solo una hora y media pero que daría para muchísimo más, dado que en el camino dejamos de visitar tumbas como la de “El Titi”,Nino Bravo o el nicho 1501, una historia de amor, obsesión y terror más propia de un relato enigmático o sacada de una película con tintes de misterio de la que os hablamos en nuestro artículo “La historia de amor y obsesión del nicho 1501“.

Fuente: ikerjimenez.com

Fuente: ikerjimenez.com

Por último, casi en la misma puerta de entrada del cementerio, nada más entrar a la derecha, destacan dos tumbas muy curiosas; una es la de una pobre mujer que yace con una inscripción muy curiosa y extensa donde aparece su nombre aparece vagamente y a continuación todos los títulos que ostentaba su marido, al parecer, de familia de bien. Una inscripción que casi no cabe de tanta dedicatoria al marido de la enterrada y no a ésta.

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La otra tumba es la de un desconocido del que hemos intentado buscar información pero que, de momento, no hemos encontrado nada. Alguien que ya no es visitado seguramente pero que, como bien dice la imagen, permanece allí enterrado con la siguiente inscripción:

“Aquí yace el cadáver de D. Joaquín Gómez que fue asesinado alevosamente en la noche del 27 de noviembre de 1826. Sus hijos inconsolables suplican rueguen a Dios por su alma”.

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Y es que queridos amigos, 1826 es un año recordado muy frecuentemente en la historia de Valencia, debido a la última víctima de la “inquisición”: Gaietà Ripoll (Cayetano Ripoll). Y ponemos Inquisición entre comillas porque está discutido que esto fuera así, ya que la Inquisición se supone que fue abolida durante el Trienio Liberal pero “recuperada” en 1823 como las Juntas de Fe. Fue precisamente una Junta de éstas, la Junta de Fe de Valencia creada por el entonces Arzobispo de Valencia Simón López, la que condenó a Gaietà Ripoll tras una denuncia. Su detención, dos años antes en 1824, supuso su encarcelamiento en la prisión de Sant Narcís, junto a las actuales Corts Valencianes. Por aquel entonces, durante dos años hasta llegar a 1826, Cayetano sufrió incomunicación y la negativa de que se le concediese un defensor. Este maestro catalán, liberal y deísta, fue finalmente ahorcado en la Plaza del Mercado en vez de ser arrojado a la hoguera, para posteriormente introducirlo en un tonel (que llevaba pintado unas llamas curiosamente), y enterrado (más bien apartado) como si fuese un don nadie o un pordiosero fuera del Cementerio General de Valencia, frente a la puerta de entrada principal. Sus últimas palabras fueron “Muero reconciliado con Dios y con los hombres”.

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Así que, la próxima vez que tengáis que visitar a un familiar o amigo, un ser querido o paséis cerca de la puerta del Cementerio General de Valencia, recordad que aquí yace Cayetano Ripoll, aquel que no tuvo la suerte de descansar dignamente como los que sí lo pueden hacer en el interior del Cementerio.

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Nota: de lo que os hemos contado apenas, podría decirse, es un 5 % de la llamada ruta del “Museo del Silencio”, un recorrido muy curioso y especial en el que destaca la arquitectura y la ostentosidad de muchos panteones y lugares de descanso. Os recomendamos que, cuando empiece la nueva temporada de visitas en septiembre u octubre, podáis realizarla y conocer de primera mano gracias a su guía Don Rafael Solaz muchas más historias y anécdotas de aquella Valencia.

 

Fuentes:

– Museo del Silencio

– Monumentos funerarios en Valencia, Carmen RODRIGO ZARZOSA, El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones, San Lorenzo del Escorial 2014, pp. 511-524. ISBN: 978-84-15659-24-2 

– Cementerio General, jdiezarnal.com

La historia secreta de la iglesia católica, escrito por Cesar Vidal (Capítulo 24, el liberalismo es pecado).

 

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