• ¿Sabías que la Real Señera no se inclina ante nadie ni ante nada, sólo ante Dios, y que es la única bandera del mundo con rango de realeza? 

Es tema, cada año, de controversia. Siempre, eso sí, por parte de unos cuantos. Pero para nosotros, los valencianos, no lo es. Más que documentado y demostrado. Nuestra Real Señera no se inclina ante nadie ni ante nada, sólo ante Dios, y es la única bandera del mundo con rango de realeza (muchos piensan que la bandera de Orihuela, conocida como Gloriosa enseña del Oriol, Estandarte de la Ciudad de Orihuela o Pendón de Orihuela, dispone de los mismos privilegios, pero no es así, dado que aunque posee los títulos de Real y Gloriosa, sí se inclina ante Dios y el Rey).

De la misma manera se puede decir, para los historiadores objetivos, que la Casa de Aragón, contra lo que se sostiene en algunas hipótesis, no se extingue ni es «absorbida por la Casa de Barcelona» tras los esponsales del conde barcelonés y la reina de Aragón, quedando claro, desde un principio, que las cuatro barras son heredadas de Petronila​ de Aragón, Reina de Aragón y Condesa de Barcelona, de su padre Ramiro II de Aragón apodado el Monje o “el Rey Campana”, y no desde un origen de Ramón Berenguer IV el Santo, conde de Barcelona, Gerona, Osona y Cerdaña, y princeps de Aragón. 

Si bien se puede decir que la Señal Real de Aragón ya ostentaba la dignidad de Real antes que la Señera, y que la primera era un escudo de oro palado de gules siendo propia de la Casa de Aragón y no de la Casa de Barcelona basado en los siete sellos de Ramón Berenguer IV, es Pedro el Ceremonioso, en reconocimiento a la resistencia opuesta por Valencia a Pedro el Cruel de Castilla durante la Guerra de los dos Pedros (1356-1365), quien le concede a la Ciudad de Valencia el derecho a utilizar sobre sus armas la corona real, siendo la Real Señera la bandera de la ciudad y Reino de Valencia. Por resumirlo: era una enseña heráldica que fue evolucionando hasta adoptar la forma de una bandera, con una corona sobre las barras de los reyes de la Corona de Aragón. 



Dejando este último tema para más adelante, nos centramos en nuestra querida bandera: la Senyera Valenciana. 

Pedro el Ceremonioso, (Pedro IV de Aragón, llamado el Ceremonioso o el del Punyalet (‘el del puñalito’, debido a un puñal que solía portar), II de Valencia y de Ampurias, I de Mallorca y Cerdeña y III de Barcelona), en reconocimiento a la resistencia opuesta por Valencia a Pedro el Cruel de Castilla durante la Guerra de los dos Pedros (1356-1365), le concede a la Ciudad de Valencia el derecho a utilizar sobre sus armas la corona real. Así pues, la Senyera valenciana fue creada hacia 1365, en agradecimiento del Rey por los esfuerzos desempeñados por los valencianos en rechazar a las tropas de Pedro I de Castilla, representando la reconciliación del soberano con un Reino que le había dado muchos quebraderos de cabeza durante la Guerra de la Unión, unos años atrás. 

Se hace referencia a este privilegio en un documento recogido en la siguiente cita:

«E es cert quel senyal per los molts alts Reys darago atorgat e confermat a la dita Ciutat era e es lur propri senyal Reyal de bastons o barres grogues e vermelles. […] [L]o molt alt senyor Rey ara Regnant per son propri motiu e sa mera liberalitat tenint se aixi com fon sa merce per molt servit de la dita Ciutat senyaladament en la guerra de Castella prop passada specialment en los dos Setges e pus principalment en lo segon e derrer daquells tenguts sobre aquella per el Rey de Castella enadi la dita corona al dit senyal»

Manual de Consells de 1377 (Archivo Histórico Municipal de Valencia, años 13751383, n. 17, sig. A)

Que traducido viene a ser:

«Y es cierto que la señal por los muy altos Reyes de Aragón otorgada y confirmada a la dicha Ciudad era y es su propia señal Real de bastones o barras amarillas y rojas. […] El muy alto señor Rey ahora reinante por su propia iniciativa y su mera generosidad considerándo así Su Merced cómo fue bien servido por la dicha ciudad señaladamente en la reciente guerra de Castilla, especialmente en los dos asedios y más principalmente en el segundo y último de aquellos realizados sobre ella [Valencia] por el Rey de Castilla añadió la dicha corona a la dicha señal»

Tiempo atrás, se sabe de la existencia de la Senyera tricolor el 12 de marzo de 1348, cuando Pedro IV concede a Burriana, por su fidelidad contra los nobles aragoneses levantiscos, que añada, en la parte junto al asta de su estandarte, el azul – “colore livido que los antiguos reyes de Aragón, sus antecesors, solían en sus vanderas vencedoras lleuar y graben en él tres pequeñas coronas de los tres reinos de su Senyoria” (tal como está escrito en A.C.A. Real Cancillería, reg. 888, fol. 209 r. y también, vid. Martí de Viciana: “Tercera parte de la Crónica de Valencia”, 1563, fol. 140 r.).

El rey Pedro IV – llamado el Ceremonioso y también el de Punyalet – distinguió al Reino de Valencia con privilegios y distinciones por su fidelidad, ayudas monetarias y tropas armadas, para la recuperación de la sublevada Mallorca (en 1343) y la secesión de Aragón (1345-48) de nobles engañados por el hermanastro del rey, Jaime de Urgell y que fueron derrotados en Epila el 21 de julio de 1348 y en Mislata en diciembre de ese año. También fue únicamente Valencia la que prestó ayuda decisiva para recuperar el Rosellón, reafirmar Sicilia y pacificar el revuelto reino de Aragón. Y, posteriormente, en las largas guerras contra Pedro I de Castilla (1356-7, 1361, 1363 y 1364) siendo por fin derrotado el rey Cruel definitivamente en Sagunto el 24-09- 1365.

Por todas estas lealtades y ayudas, el rey concede al reino de Valencia, en 1375, lo siguiente:

“enadí la dita corona real a la dita senyal, color azul del qual los antiguos reyes d´ Aragón nostros antecesors solían en sus vanderas lleuar” (A.M.V.:” Manual de Consells…” años 1375 a 1383 num. 17; también A.C.A. Real Chancillería, reg. 888, fol. 209 r. y también en “Tercera parte de la crónica de Valencia, 1563, pág. 296, “que en a dicha añadidura del sobredicho color se sobrepongan o entretejan o se pinten e en línea recta se pongan o impriman tres coronas reales de oro”, tal como había hecho el 12 -03 1348 con la ciudad de Burrina y que ahora extiende para todo el Reino). Dicho esto, se entiende que no se impone a Burriana ninguna bandera de la ciudad de Valencia sino que, al revés, se da a todo el Reino de Valencia la Senyera tricolor y tricoronada.

Y así es como se explica las razones de todo esto en el citado documento:

“Car lo molt alt Senyor Rey ara regnant, per son propi motiu e de sa manera liberalitat, tenintse, aixa com fou sa mercé, per molt servit de la dita Ciutat, senyaladament en la guerra de Castella proppassada, specialment en els setges, e pus specialment en lo segon e barrer d´aquells tenguts sobre aquella per lo dit Rey de Castella, enadi la dita corona al dit seyal…”

Si bien se puede decir además que, según Antoni Atienza en “La Real Senyera, Bandera Nacional dels Valencians”, Ed. L’Oronella, los valencianos tenemos una Señera, con absoluta seguridad, desde 1261, pues ese fue el año en que Jaime I, en los fueros, establece que se debía seguir a la bandera de la ciudad en caso de guerra. ¿Bandera de la ciudad? En el mundo medieval, no existían las “banderas nacionales”. Existían las banderas de los Reyes y Nobles, como enseñas personales, propias; las de ciudades, las de gremios, y poco más.

Su composición heráldica, reproducida gráficamente, alterna cinco franjas verticales de color amarillo con cuatro franjas de color rojo, y cuya descripción o blasón es el siguiente:

La Bandera de la Comunidad Valenciana es la tradicional “Señera” compuesta por cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, coronadas sobre franja azul junto al asta. La bandera no tiene fijadas unas proporciones oficiales, pero se utilizan de facto dos formas, de 1:2 y 2:3. Se considera que la primera forma es la tradicional, utilizándose sobre todo en edificios de gran simbolismo histórico y en cotas altas, lo que hace que este tamaño sea el de más solemnidad. El uso del segundo tamaño, en cambio, está más extendido debido a que el tamaño de la bandera de la Comunidad Valenciana no podrá ser mayor que el de la de España, ni inferior al de otras entidades cuando ondeen juntas.

El investigador José Martínez Ortiz detalla nuestra bandera de la siguiente forma: 

Bandera, tejido de seda y cimera o vibra, la cual se conserva dentro de una vitrina en el Archivo Histórico Municipal del Ayuntamiento de Valencia.

Esta vitrina es de estilo gótico y su diseño es una especie de sala rectangular, trabajado el techo como si fuera un artesonado de época, con labradas almenas exteriores y sostenido por cuatro columnas helicoidales que -a su vez- sustentan cuatro capiteles labrados con cuatro guerreros sobre ellos con escudo y armados cada uno de diferente forma: ballesta, flechas, espada y lanza.

Dentro está la bandera del Reino de Valencia, la cual, está formada por un tejido de seda carmesí dispuesta en cuatro fajas que corresponden a los cuatro palos o barras de Aragón, sobre un campo de oro integrado por cinco fajas de hilos de oro, unido por una tira estrecha de seda, igualmente roja, que tiene en los arranques de las respectivas barras unos bordados a especie de piedras valiosas o cabujones, limitando una franja de seda más ancha de color azul celeste, con adornos rameados, que la une al asta. Todo el tejido en la actualidad, aparece mantenido entre si, por una trama o red de fino cordel trenzado para mejor conservar la integridad de todos los elementos, hecha modernamente en vista de los deterioros que, con el tiempo, había sufrido la Senyera y que se observan simplemente, habiendo desaparecido en muchos sitios la seda o los hilos de oro.

Y si sigue narrando: “El asta de madera, compuesta de dos cuerpos: el primero -de donde arranca la bandera- en su parte inferior hasta el suelo, está formado por un vástago estriado, de seis caras hendidas que van perdiendo profundidad hasta el pié, donde acaban con la sujeción de una randela de hierro y de la que nace el gancho o el estribo para sujetarla, seguramente en el arzón de la silla del caballo, cuando salía a campaña. El segundo integra la parte superior, toda ella lisa, que aparece recubierta por el tejido de la propia bandera, hasta el punto donde se acopla la cimera”.

En cuanto al azul, cabe decir que, coexistiendo con la corona, queda demostrada su utilización desde el siglo XV (y no desde el siglo XVI como se suele afirmar), gracias a la gran cantidad de portulanos en los que se mostraba (también conocidas comom, y que son mapas que hicieron posible el uso de la brújula), donde se puede observar, por ejemplo, una bandera adicional sobre azul (Vallseca 1439), bien conjuntamente con las barras dentro de una franja azul junto al asta (Roselli 1466, anónimo de 1473), o bien coronando la bandera en vertical (Joan Martínez 1540), trazando sus respectivos mástiles sobre la Ciudad de Valencia.

Cabe añadir además que el azul era el color de mayor armonía con el oro de la Corona. La causa de que nuestros antepasados escogieran el color azul fue, quizá, por ser el de mayor armonía con el oro de la corona. “En la cerámica valenciana del siglo XV era muy usual esa combinación. En Francia también lo utilizaban como fondo heráldico de la flor de lis. Posiblemente, los valencianos también valoraron que era uno de los siete colores heráldicos”, acota Ricardo García-Moya, en su tratado de la Real Senyera.

El color azul sería, por tanto, el esmalte de los antiguos Reyes de Aragón, y símbolo de la realeza. El azul de la Senyera representa a la estirpe real; la corona, al Reino y a la ciudad de Valencia; y las barras, el favor y el amor del monarca hacia un pueblo, al que concede sus armas.

¿Cómo sabemos que la Senyera era la bandera del Reino de Valencia?

La Senyera de Valencia era, es cierto, la bandera de la ciudad; pero también era la “bandera del Senyor Rei”, la bandera del Rey de Valencia, la bandera real valenciana: “bandera real nostra”, la llamó Fernando II de Valencia “el Católico”. Por ello, era la bandera principal de la “host”, la hueste feudal que el Rey podía convocar en el Reino de Valencia, para luchar contra rebeldes o invasores. Y conocemos con absoluta exactitud dos de estas convocatorias. En 1462, el infante Jaime de Aragón, señor de la Baronía de Arenós, se levantó contra el rey Juan II de Valencia y a favor del príncipe Carlos de Viana, con mercenarios castellanos. Entonces, el monarca ordenó llamar a la hueste valenciana, escribiendo a la ciudad de Valencia, que era la que aportaba más tropas. El Consell del Cap i Casal escribió a Sagunto, a los señores feudales –de Gandía, Oliva, Denia, el Maestrazgo, la Valldigna, y a los eclesiásticos, informándoles que debían acudir con sus soldados a “seguir a la Senyera”. Al resto de ciudades reales –Morella, Vilarreal, Castelló, Borriana, Ademuz, Alzira, Xàtiva, Ontinyent, Alacant, Guardamar, Orihuela…- les escribió el propio soberano, ordenando que condujeran a sus hombres a Valencia, para “seguir a la Senyera”. Y para que no quepan dudas acerca de cómo era esa enseña, en los documentos internos del Consell valenciano, se refieren a la Senyera indistintamente como la “bandera de la ciutat” o como la “bandera Real”. Respecto a la relación con Sagunto, parece ser que Valencia siempre llevaba sus tropas junto a las de la histórica Morvedre: quizá esa sea la razón de que en el escudo de esta ciudad figurara también el “rat penat”. Por tanto, era la Senyera la que encabezaba a la comitiva de infantes, caballeros, artillería –con una “bombarda grossa”- e intendencia, venida de las diversas ciudades reales y señoríos de todo el Reino de Valencia. Y fue la Senyera la que encabezó los diversos asaltos y asedios que culminaron con la rendición del castillo de la Muela de Villahermosa, donde don Jaime de Aragón se entregó. Fue trasladado a Valencia, y encarcelado en Xàtiva, intercediendo las autoridades valencianas para que el monarca le perdonase la vida. Don Jaime murió en el castillo de Xàtiva poco después.

 

Palabras de Antoni Atienza.

PRIVILEGIOS:

La Real Senyera es la única bandera del mundo con el rango de “Real”. De hecho, se le rinden honores militares con 21 salvas de cañonazos, como a cualquier monarca. Por este motivo, la bandera valenciana tampoco se inclina nunca. Cuando es bajada desde el balcón del Ayuntamiento de Valencia cada 9 de Octubre -Día Nacional de los valencianos-, baja con solemnidad y de manera totalmente vertical. Esto se debe a que el Rey de Valencia, Pedro II el Ceremonioso (Balaguer, 1319 – Barcelona, 1387) le concedió en 1377, entre otras perrogativas, la consideración de Real, es decir, que le dio a la bandera el mismo estatus de un Rey.

El propio Pedro II creó para la Real Senyera un protocolo y ceremonial muy especial (un conjunto de reglas y formalidades para la celebración de determinada solemnidad) que se viene observando desde entonce, y que el profesor e investigador Fermín Juanto Manrique resume en estos tres puntos:

  • Que no haga reverencia, ni se incline ante nadie.
  • Que su salida no sea nunca por la puerta, sino que solemnemente sea bajada verticalmente desde el balcón consistorial.
  • Que de su custodia se encargue el Maestre Racional, quien le entregará al Justicia de lo Criminal para las conmemoraciones ciudadanas y al jefe del Centenar de la Ploma para las salidas por contrafueros o en defensa del Reino.

Reglas de los ballesteros, el Centenar de la Ploma:

  • El mismo Rey también reguló la elección de los 100 ballesteros artesanos que, como miembros de dicha institución, custodiaban la Senyera.
  • El 23 de Julio de 1376, Pedro IV añadió a esta tradicional escolta otros 100 hombres, nobles o plebeyos, tal es la importancia que siempre tuvo la Senyera.
  • Pedro IV de Aragón y II de Valencia concedió, además, que la moneda al uso (florins) se acuñaran en Valencia a partir de 1369 y que apareciera en el reverso la corona real, además de que siempre que se escribiera el nombre de Valencia en los documentos diplomáticos fuera coronada la letra “L” (Leal).

El Centenar de la Ploma, fue una compañía de 100 ballesteros encargada de escoltar y proteger la Señera de la ciudad y reino de Valencia. Fue instituida por Pedro II el Ceremonioso en 1365 bajo el nombre de Centenar del Glorioso San Jorge por estar bajo la advocación de este santo, pero pronto se conoció popularmente como Centenar de la Ploma (pluma), por la característica pluma que llevaban los ballesteros en el birrete, y con este nombre ha pasado a la historia. Desapareció en 1707 con el Decreto de Nueva Planta.

Bandera tricolor:

  • La Real Senyera estaba debidamente guardada y custodiada, y se les rendían Máximos Honores cada vez que entraba o salía de la sede del Consell.
  • El protocolo con respecto a la Real Senyera siempre se le ha guardado con absoluta escrupulosidad.
  • Tiene también por Especial Privilegio del Rey un escudo “fet a cayró”, es decir, en forma de rombo y con los cuatro palos gules, todo lo cual era exactamente “el timbre” del Rey.

En 1377, los Jurats del Consell, hicieron la siguiente recomendación muy especial:

“Lo dit Consell pensam que en los segells no havia convinents ne encara deguts senyals de edificis a forma de una ciutat e ès cert que el senyal per los molts altas Senyors Reys otorgat e conformat a la dita ciutat, era e ès llut propi senyal de bastons o barres grogues e vermelles. Per tant, lo dit Consell, deliberadament e concordant, tenc per be e volc e provei dites corts usen del dit senyal real de cascun segells”.

EL ORIGEN DE LA SEÑAL REAL DE ARAGÓN: 

Es una de las mayores controversias históricas de nuestro país, pero sin embargo, antes de empezar, y aplicando cautela a todas nuestras palabras, hay que decir que la identificación con un territorio y una población sobre las llamadas “cuatro barras” es posterior a lo que os quieren hacer creer, por lo que a pesar de que podríamos aportaros cientos de datos y datos, siendo un debate superfluo en buena parte, sólo se conduciría a una mayor confusión y a posibles manipulaciones, por parte de interesados, con intencionalidad política y no científica.

Por resumirlo, antes de comenzar: los cuatro palos de gules sobre oro no eran en su origen armas territoriales, sino familiares, siendo esto aceptado como juicio irrefutable por todos y cada uno de los historiadores NO manipulables.

Los palos de oro y gules no poseían más valor que el de armas de linaje. A este significado denotativo no se unió inicialmente ninguna otra connotación, al menos genérica. Al ver los cuatro palos de gules sobre oro, a ningún vasallo del rey de Aragón, del conde de Barcelona o del marqués de Provenza se le hubiese ocurrido pensar que aquello era otra cosa que las armas de su señor. Habría podido experimentar respeto, temor, odio o afecto, pero jamás un sentimiento de identificación con ese símbolo. No era algo colectivo, de la tierra o de la patria, sino algo exclusivo, privativo del soberano y de su familia. Éstos, por su parte, no llevaban tales armas por ser reyes de Aragón ni por ser condes de Barcelona, sino que, al revés, el rey y conde empleaba dicha señal por pertenecer al linaje titular de los mismos, la Casa de Aragón. La unidad familiar abarca a todas las ramas del linaje.

Así, cuando Ramón Muntaner da comienzo a su Crónica, en la que trata de los reyes de Aragón, Mallorca y Sicilia, los engloba en una sola expresión, «tots los senyors qui són eixits ne són en l’alta Casa d’Aragó» (cap. I, p. 668a), lo que determina su objetivo: «aquest llibre senyaladament se fa a honor de Déu e de la sua beneita mare e del Casal d’Aragó» (p. 668b). Del mismo modo, el anónimo autor del Libro del conosçimiento podrá decir, varios años más tarde, que «el rey d’esta Çeçilia [=’Sicilia’] […] es de la Casa de Aragón» (p. 27).

El señal del rey de Aragón: Historia y significado / Alberto Montaner Frutos

Una de las tesis más defendidas es la de Armand de Fluvià i Escorsa, donde afirma que le origen de la señal real o bandera de Aragón es catalán, afirmando, además, que la Cruz de Íñigo Arista era la señal antigua del rey de Aragón y la Cruz de Alcoraz eran las armas de Aragón, según cita los escritos de la época de Pedro IV de Aragón.

Sin embargo, es, por ejemplo, absurdo atribuir la idea de que Wifredo el Velloso (840 – 897) es el artífice y el que da origen a la bandera de las cuatro barras, dada por el Rey Franco. Esta mentira, y leyenda, revivida por muchos, como el escritor español Pablo Piferrer (1818-1848) reconocido como el gran recopilador de las leyendas catalanas tradicionales, tiene su origen, según Martín de Riquer, en el historiador valenciano Pere Antoni Beuter, quien la incluyó en 1555 en su obra Crónica general de España, inspirándose en una crónica castellana de 1492. El texto de Beuter dice así:

…pidió el conde Iofre Valeroso al emperador Loís que le diesse armas que pudiesse traher en el escudo, que llevava dorado sin ninguna divisa. Y el emperador, viendo que havía sido en aquella batalla tan valeroso que, con muchas llagas que recibiera, hiziera maravillas en armas, llegóse a él, y mojóse la mano derecha de la sangre que le salía al conde, y passó los quatro dedos ansí ensangrentados encima del escudo dorado, de alto a baxo, haziendo quatro rayas de sangre, y dixo: “Éstas serán vuestras armas, conde.” Y de allí tomó las quatro rayas, o bandas, de sangre en el campo dorado, que son las armas de Cathaluña, que agora dezimos de Aragón…

De la atribución de Wilfredo, sin embargo, no se tiene en cuenta en verdad que las barras ya figuraban en el emblema familiar del primer conde aragonés, Aznar Galindo, cuando reconquista la ciudad de Jaca a los árabes (861) que unos años antes ya había conquistado su padre el noble Aznar (BETTONICA, “La bandera de las cuatro barras”, “Jano” pág. 92.).

También se da como cierta, en muchas ocasiones, la leyenda de los dedos mojados con sangre (pincha aquí), la cual enseñan desde muy pequeños a los niños catalanes y que puede verse ilustrada en el Museu d’Història de Catalunya, en Barcelona.

Así mismo, se dice que Wilfredo fue el artífice no ya de la independencia de los condados catalanes, sino del nacimiento de Cataluña, cuya invención fue popularizada durante la Renaixença por el dramaturgo Serafí Pitarra, con su frase “Fills de Guifré el Pilós, això vol dir catalans” (Hijos de Wifredo el Velloso, esto quiere decir catalanes).

Los orígenes de esta visión, que junto al Wifredo histórico —un magnate del Imperio Carolingio que aprovechó el colapso del poder real para construirse un dominio propio— ha hecho surgir un Wifredo mítico —creador de Cataluña y, pues, padre de la patria catalana— tiene origen en la Gesta comitum barchinonensium, escrita en el siglo XII por los monjes de Ripoll. En esta obra, para justificar el inicio, a finales del siglo IX, de la transmisión hereditaria de los condados, se sobredimensionó la figura de Wifredo el Velloso, inicio de la Casa de Barcelona, haciendo de él un héroe que, con su esfuerzo, luchando decididamente contra los musulmanes y los francos, consiguió la independencia de sus condados. Pero decir esta es inducir al error, ya que los condes de la Marca Hispánica no eran catalanes, sino francos (a pesar de que posteriormente consiguieran ser “independientes”).

Volviendo a lo que nos concierne, también hay que hablar de otra tesis, la de los sepulcros gerundenses del conde de Barcelona Ramón Berenguer II, Cap d’Estopes († 1082), y de su bisabuela, la condesa Ermessenda de Carcasona († 1058).

Dichas sepulturas presentan un recubrimiento de placas de alabastro talladas por el escultor Guillermo Morey entre 1385 y 1386, por encargo de Pedro IV el Ceremonioso, al ordenar el traslado de los sepulcros desde su localización primitiva, en el pórtico de la iglesia, al interior de la misma.

Fue en 1982 cuando se descubrieron bajo el citado revestimiento los sarcófagos originales (lám. I), donde «aparegueren pintures de barres vermelles i daurades» (Morer et alii 1982: 57), según reza el informe técnico realizado entonces. Inmediatamente se supuso que esa decoración era la original de dichos sarcófagos del siglo XI y Ainaud de Lasarte concluyó que el listado de rojo y oro constituía «un elemento preheráldico y totalmente inequívoco». Aceptaron y propagaron esta interpretación Udina, en una conferencia pronunciada en Zaragoza en 1984 y publicada en (1988) y, en tono más moderado, Riquer (1986: 16-17 y 1995b: 15-16).

Sin embargo, tal y como apunta Alberto Montaner Frutos en “El Señal de Aragón: historia y su significado”, no hay nada que justifique la datación asumida por Ainaud, «principios del siglo XII, si no finales del XI», pues los pigmentos utilizados son los habituales de la zona en toda la Edad Media, como ya advirtieron Redondo y Fatás (1993: 154-55) y ambos autores reiteran ahora (Fatás y Redondo 1995: 178).

Así lo reconoce el propio Fluvià (1994: 75): «és cert que hom no pot afirmar rotundament que [les pintures] siguin de l’època de la mort dels comtes». Véase en el mismo sentido Menéndez Pidal (1986: 219) y García-Mercadal (1995: 354).

Posteriormente se ha llamado la atención sobre el hecho de que los usos emblemáticos y la estética funeraria del siglo XI hacían inviable dicha conjetura. Así lo han señalado Menéndez Pidal (1986: 219 y 1991: 693 y 703), desde la historia de la heráldica, y Español (1992: 237a), desde la historia del arte. En concreto, esta última autora sostiene que «Su presencia se explica, tal vez, por la localización de los túmulos en la galilea de la catedral, lugar que a menudo se decoraba con pinturas que no sólo afectaban al espacio arquitectónico sino también al mobiliario ya existente» (p. 237a-b).

En cambio, Fluvià (1994: 72-75 y 131), que desconoce esta aportación, pero no la de Menéndez Pidal (1991), sigue manteniendo la opinión de Ainaud de Lasarte, en la creencia de que este caso constituye una excepción. Frente a tan endeble argumento hay dos hechos incontrovertibles: el primero es que los sepulcros aludidos se hallaban originalmente en el atrio de la catedral, «in singulis tumbis ante portam ecclesie beate Marie sedis Gerunde», es decir, prácticamente a la intemperie. El segundo es que «Són dos els pigments apareguts: El vermell d’ambdues tombes és molt fosc i el daurat brillant i ben conservat», aplicados al parecer «directament sobre la pedra sense capa de preparació».

Aunque luego el análisis demuestra que sí se dio una leve imprimación, queda claro que los sarcófagos sólo se han pintado una vez, sin que haya estratos más antiguos que el visible. ¿Es, pues, posible que una capa de pintura dada a finales del siglo XI y mantenida al aire libre durante tres siglos haya llegado a nuestros días en tan buen estado de conservación, con los colores foscos y brillantes? No hace falta ser un experto en restauración para concluir que no. Esto tampoco favorece la hipótesis de que se pintasen en otro momento mientras estaban en la galilea, como sugiere Español en el pasaje antes transcrito. Más probable parece entonces la hipótesis de Redondo y Fatás (1993: 154): «hay razones para suponer, mientras no surjan argumentos nuevos, que [la decoración del sepulcro] pudo hacerse posteriormente, cuando se introdujo, siglos después en el preparado por Guillermo Morei, lo cual sería congruente con los gustos del “Ceremonioso”».

Tal circunstancia explicaría la buena conservación de la pintura, al ser dada ya en el interior del templo y quedar prontamente protegida por el recubrimiento de alabastro. Frente a esto, carece de peso la objeción de Taberner transcrita por Fluvià (1994: 75): «Si s’hagués tractat d’una incorporació feta durant el trasllat del segle XIV, no tindria sentit que incloguessin un ornament que no fos visible».

En el siglo XII, en el sello del último conde autónomo de Barcelona Ramón Berenguer IV, aparecen las cuatro barras rojas. En 1137 este conde se había casado con la Reina Petronila de Aragón, que firmaba princeps Aragonensis, tras su sello de las cuatro barras. Este sello proviene de Jaca (capital del condado de Aragón y, desde 1035, capital del reino del mismo nombre), según se ve en el relieve de uno de los capiteles románicos de su catedral del siglo X, descartando por completo la teoría catalana. 

LA HISTORIA DE LA SEÑERA VALENCIANA EN LOS DOCUMENTOS HISTÓRICOS, Aula Militar Bermúdez de Castro

Sobre todo porque existe una circunstancia que explica adecuadamente la decoración de los sarcófagos en ese preciso momento. Como expone Español (1992: 236a-b), todo indica que cuando se celebró el solemne funeral por los dos antepasados de Pedro IV, como culmen de las ceremonias del traslado, el 6 de diciembre de 1385, los sepulcros que tallaba Morey no estaban acabados. Teniendo en cuenta que el Ceremonioso, haciendo una vez más honor a su sobrenombre, se había preocupado mucho de los detalles de la celebración e incluso había reclamado por dos veces a su archivero «un d’aquells escuts longs antichs» para depositarlo en la ocasión sobre la tumba del conde, se comprende que, en ausencia de los sepulcros definitivos, se adornasen los originales con las pinturas que luego fueron cubiertas por las estatuas yacentes y las placas de alabastro que estaba ejecutando Morey.

Ante esta posibilidad, Fluvià (1994: 131) ya había expuesto una interpretación favorable a su propósito: «si ho hagués ordenat pintar Pere III [i. e. IV] serie perquè sabia molt bé que aquell era el seu senyal familiar, que li venia per la línia dels comtes de Barcelona».

Por supuesto, Pedro IV sabía positivamente que esa era su señal familiar y además de dignidad (nostre señal reyal, por usar su propia expresión) y no es imposible que creyese que procedían por línea agnaticia de la dinastía condal catalana. Riquer (1983: 122) ha expuesto una interpretación parecida de los escudos que aparecen en el revestimiento gótico: «ens atesta una vegada més que Pere el Cerimoniós, gran coneixedor de la història i historiador ell mateix, donava per indiscutible que aquestes armes eran les dels primitius comtes de Barcelona, els quals les haurien tingut com a pròpies almenys un segle abans de la unió del comtat amb el regne d’Aragó». Lo cierto es que la documentación conservada no dice nada que permita atribuir al monarca ninguna de las dos representaciones, en contraste con las minuciosas instrucciones que se dan sobre otros particulares.

Nada apoya la tesis de Fluvià, por la sencilla razón de que Pedro IV vivió dos siglos después del testimonio más antiguo de los palos (la impronta del sello de Ramón Berenguer IV de 1150) y la suya es una mera opinión, sin el menor valor probatorio. La cautela resulta obligada si se tienen en cuenta las limitaciones del aparato historiográfico medieval, que en este caso quedan patentes al leer las indicaciones del rey  al escultor sobre el vestido antiguo que debía lucir la estatua yacente de su antepasado, pues ni remotamente se aproxima a la indumentaria del siglo XI. A lo mismo apunta el hecho de pensar que doña Ermessenda era condesa de Gerona e ignorar el directo parentesco entre ambos, según se aprecia en el documento de 28 de junio de 1385 publicado por Udina (1988: 61-62) y se ratifica al notar la ausencia del personaje del capítulo 28 de la Crónica de San Juan de la Peña, en el cual se habla de su marido y de su descendencia.

En definitiva, sólo puede concluirse que las representaciones comentadas son fruto de una infundada extrapolación heráldica, como la que mueve a adscribir al emperador carolingio una combinación armera absolutamente fabulosa, en la línea de otras muchas surgidas en el siglo XIV, época de auge de la fantasía heráldica.

En lo que hace a la cuestión heráldica, no hay duda de que el primer poseedor de los palos de oro y gules NO fue Ramón Berenguer IV, ya que antes de firmar las capitulaciones matrimoniales (regulando la potestas regia) con Petronila de Aragón, quedando así unificados el reino de Aragón y el condado de Barcelona, se sabe que Ramón el Santo abandona las armas primitivas de la cruz llana de gules, haciendo suyo como personal la Señal Real de Aragón; de la misma manera, no puede haberla tampoco, duda, de que ese emblema personal lo era entonces (1150) de un miembro de la Casa de Aragón, dentro de la cual se hizo símbolo hereditario a partir de su adopción por los tres hijos de aquél, Alfonso, Pedro y Sancho, considerados, hasta entonces, estrictamente armas familiares o de linaje, sin ningún matiz territorial en su origen y sin ligazón alguna con un territorio determinado, dado que era el símbolo de su familia, la Casa de Aragón.

Guillermo Fatás Cabeza​ entiende que la Casa de Aragón, contra lo que sostiene una opinión muy extendida, no se extingue ni es «absorbida por la Casa de Barcelona» tras los esponsales del conde barcelonés y la reina de Aragón. Considera esta hipótesis «un error de bulto» y señala que «lo prueban a entera satisfacción» las propias afirmaciones de los reyes de Aragón de que este era el apellido de su linaje, el uso de dicho apellido como grito de guerra o aclamación por parte de los súbditos reales en todas las lenguas de la Corona, las condiciones establecidas en los varios documentos de los esponsales reiteradamente convertidas en «realidad actuante» y la «pervivencia jurídica y formal del linaje titular de las Barras de Aragón», lo cual supone un «conjunto de realidades» de coherencia «absoluta y compacta».

El primer pacto concertado entre la Casa de Aragón y la de Barcelona lo llevan a cabo el rey Ramiro II y el conde Ramón Berenguer IV. Convienen que la hija del primero, Peronela o Petronila, cuando tenga edad núbil casará con el segundo. Se verifica, así, un matrimonio con la doble singularidad de tratarse de matrimonio desigual (entre reina y conde que, además, es vasallo del rey de Francia) y del que el Derecho aragonés llama “matrimonio en casa”. Por ambas razones, para asumir como propio un linaje superior, el varón que se desposa renuncia al suyo. Se convierte con ello en miembro de la casa de su mujer, titular de los derechos, y en administrador de la misma aunque sujeto a la autoridad del varón mayor de su nueva casa si lo hubiere. Por ello consigna cuidadosamente Ramiro que tras los esponsales seguirá él siendo “rex, dominus et pater in prephato regno et in totis comitatibus tuis dum mihi placuerit”. Ramón acepta por rey, señor y padre al señor mayor de la Casa de Aragón (así era en Derecho de Aragón), tanto en Aragón como en los condados de su casa de origen, sin limitación ninguna (“según plazca” a Ramiro). La fórmula es clara y precisamente la que cabía esperar. Es, pues, absurdo postular la extinción de una Casa cuando la documentación conservada, tan congruente con lo sucedido, se elabora justamente para afianzar sin dudas la supervivencia de la misma. El nuevo miembro de la Casa de Aragón no tendrá la nuda propiedad ni la titularidad de los derechos de la Casa, salvo que se extingan el señor mayor, la heredera y futura reina y los hijos que ésta pueda tener. Sólo en tal caso podrá el nuevo hijo, súbdito y vasallo, ser el señor mayor. Lo que no sucedió.

El matrimonio pactado en 1137 tuvo verificación en 1150 e hijos a partir de 1152. En todas las ocasiones importantes, muerto ya Ramiro, Petronila consignó de forma solemne y ante testigos de notoriedad, estas circunstancias y condiciones, que se cumplieron sin excepción. Lo hizo en 1152, a punto de dar a luz a su primer vástago (“in partu laborans”), y en 1167 [sic pro 1164], cuando cedió sus derechos a su hijo, Alfonso II, primero quien fue señor mayor de la Casa de Aragón con inclusión de los bienes y jurisdicciones aportados por su padre, quien no se tituló nunca sino “princeps” mientras su esposa fue siempre y en toda ocasión “regina”, como el hijo de ambos fue “rex”. El archivo de los reyes, solícitamente formado y custodiado, conserva todas estas piezas auténticas de sencilla interpretación.

 

Fatás Cabeza (2000), págs. 170-172

Más tarde, siglos después, llegaría la transformación del señal dinástico de la Casa de Aragón en emblema de los diversos territorios un día puestos bajo su égida.

Ciertamente, como explica Alberto Montaner Frutos en “El señal del rey de Aragón: Historia y significado”, era casi imposible que hubiera sucedido de otro modo, habida cuenta de cuál era el planteamiento coetáneo:

El rey durante el siglo XII fue señor absoluto de vidas y haciendas. Hizo y deshizo a su antojo. Su título de «rex Dei gratia» (rey por la gracia de Dios) indicaba precisamente eso: que Dios lo había designado para regir a sus súbditos. Los súbditos contaron muy poco, nada, acaso lo que el rey les permitió.

La unión del reino de Aragón con el condado de Barcelona fue puramente personal. Ambos territorios tuvieron un señor común, sin ninguna posibilidad de actuar libremente, a no ser que el monarca lo autorizase. (Ubieto 1987b: 19; cf. también García-Mercadal 1995: 83)

Es más, en la época en que se adopta el señal palado, la soberanía se consideraba ejercida esencialmente sobre las personas (mientras que el reino era una heredad del monarca, como se ha visto). Por eso el rey de Aragón, desde Ramiro I a Ramiro II, se titula siempre Rex Aragonensium e igualmente el dictado oficial del conde de Barcelona era comes Barchinonensium; en ambos casos la fórmula alterna con el uso del adjetivo gentilicio: Rex Aragonensis y, en variante más usual, Comes Barchinonenis. Cuando Ramón Berenguer IV emplea su titulación conjunta, ésta es tanto Comes Barchinonenis et Princeps Aragonensis como Comes Barchinonensium et Princeps Aragonensium.

En cuanto a Lo Rat Penat y su inclusión en la Real Senyera, para una mayor comprensión de su origen, leyenda y motivo, podéis leer nuestro artículo Lo Rat Penat, ¿leyenda o verdad?.

 

 

Fuentes:

 

 

 

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