Octubre de 1896. Los periódicos de época, en diversas provincias, se hacían eco de una noticia que acontecía en Murcia: la próxima ejecución en público de una mujer, que debía cumplir su condena, por matar tres años antes a su marido. Algunos medios como el Ateneo de Orihuela, en la fecha del 25 de octubre, mencionaban:

Reo de Muerte:

 

Mañana probablemente ó pasado á lo más tardar, se levantará en la vecina capital de Murcia el siniestro patíbulo donde expiará su crimen la desdichada Josefa Gómez, que ofuscada por la pasión envenenó á su marido. Compadezcamos á la delincuente.



Aquella mujer sería ejecuta en garrote vil, un mecanismo que consistía en una argolla de metal que se colocaba en el cuello del reo, y que se estrechaba al dar vueltas a un torniquete. Con esta acción se conseguía provocar la muerte por estrangulación al tiempo que un tornillo apretaba la nuca, rompiendo el cuello, en este caso, de la ajusticiada. Muchos afirman que lo que causa la muerte, más bien, no es la estrangulación, sino la dislocación de la apófisis (parte saliente de un hueso por la que se articula a otro hueso o en la que se inserta un músculo) de la vértebra axis sobre el atlas en la columna cervical: es decir, se le rompe el cuello a la víctima.

Y os preguntaréis, ¿qué tiene que ver todo esto con nuestra ciudad? Resulta que al caminar por la ciudad de Valencia entre los cruces que comprenden la calle de la Estameñería Vieja o la calle de La Purísima, o entrando desde carrer de la Sénia, uno puede encontrarse un pequeño callejón, llamado calle Angosta de la Compañía, que puede despertar la curiosidad al observarse una vieja finca con una puerta, de color oscuro, diferente, en la que puede observarse, todavía, ligeramente las letras que había pintadas sobre ella: “Archivo General”.

Durante la República, cuando el gobierno estaba en la ciudad de Valencia (cuando fuimos “capital de España”, durante un breve espacio de tiempo), en ella estuvo el archivo general de la ciudad. Pero mucho antes que eso ocurriera, en esta casa, o más bien, tal y como al parecer comentan, en una puerta que había mirando a la derecha (la cual ahora está tapiada pudiendo verse que allí había una entada), allí vivía el último verdugo público de Valencia, el que llevo a cabo la última ejecución pública en nuestro país: Pascual Ten Molina, ejecutor por entonces de la justicia de la Audiencia de Valencia.

Calle Angosta de la Compañía – alle Angosta de la Compañía (Valencia). Foto Valenciabonita.es

Calle Angosta de la Compañía – alle Angosta de la Compañía (Valencia). Foto Valenciabonita.es

Este hombre fue el encargado de ajusticiar, en 1896 y en plena vía pública de la ciudad de Murcia, a la que sería la última víctima de una ejecución en público en nuestro país (no así en cárceles): Josefa Gómez, quien pasaría a la historia como “Josefa, la Perla Murciana”.

Tal y como nos relatan con todo lujo de detalle en josecaravaca.com (donde nos incluyen hasta el juicio), los hechos se remontan hasta 1893 en Murcia en el año 1893. En ese año, el 12 de Junio, se estableció en la calle del Porche de San Antonio número 7, en lo que era la antigua “Casa Perea” (actualmente calle Sanchez Madrigal), un hospedaje al que denominaron “La Perla Murciana”, regentada por el matrimonio formado por Tomás Huertas Cascales y Josefa Gómez Pardo, anunciando en la prensa: “donde encontraran los que lo favorezcan gran esmero en el servicio y variación en las comidas, con notable economía en los precios”.

Seis meses después, un viernes 8 de diciembre de 1893, murió envenenado el propietario de la misma, por haber tomado café hecho en vasija de cobre, según una primera información, así como una criada de 14 años que apuró los restos de la taza de este.

Tras descubrirse la verdad, donde se esclareció que se trató de un envenenamiento, ya que le había sido administrado al café un derivado de la nuez vómica (estricnina) junto con un chorro de ron para disimular el sabor amargo, Josefa fue condenada a pena de muerte ejecutable en esta capital. Así mismo, un huésped de la pensión de aquel día, llamado Vicente del Castillo y natural de Albacete, fue condenado a cadena perpetua por ser el amante de Josefa, donde días antes el marido de esta última les había pillado in fraganti. Dado que Vicente fue expulsado de la pensión, Josefa y este pactaron una fuga a Madrid y acordaron la muerte de Tomás, que finalmente fue llevada a cabo por la propia Josefa Gómez, quien recibió de su amante una disolución de estricnina.

Para el cumplimiento de la condena, fue requerido nuestro protagonista que vivía en Valencia, en la calle Angosta de la Compañía y en una casa cuya puerta tapiada aún podéis visitar hoy en día. La llegada de Pascual Ten Molina a Murcia se produjo el 27 de octubre de 1896. Pascual, natural de Pedralba (Valencia), era un hombre casado y con tres hijos, de baja estatura, bigote negro y más bien grueso, de 36 años de edad. Se decía que trabajaba de carpintero cuando no lo hacía de verdugo, cargo que desempeñaba desde 1889. El día de su llegada, según josecaravaca.com, Pascual vestía traje negro de americana, camisa azul con rayas blancas, llevaba al cuello un pañuelo color crema con ramos negros y en el chaleco gruesa cadena y reloj de plata, además de un sombrero hongo. 

Dos días después de la llegada de Pascual, el 29 de octubre de 1896, se ejecutó a Josefa por garrote vil a las ocho y veinticinco de la mañana en la Ronda de Garay frete al Molino del Marqués, en Murcia. Se cuenta que cerca de 30.000 personas desfilaron por el patíbulo para ver el cadáver. 

Momento de la ejecución de Josefa Gómez Pardo. Foto de http://josecaravaca.com/

Se cuenta que Pascual, tal vez por la fuerte oposición de los murcianos de a pie a que se ejecutara la sentencia, o por la belleza de la “la Perla Murciana”, de la que se habría enamorado, solicitó su indulto a Madrid, cosa que nunca llegó, siendo ejecutada la pena por el propio valenciano. Se sabe, además, que más tarde fue cesado en su cargo por haber pedido clemencia, por haberse considerado una actitud impropia en un verdugo.

SOBRE EL GARROTE VIL:

El garrote (en latín: laqueus) o garrote vil, como instrumento de ejecución para aplicar la pena capital, data de tiempos de la República Romana. El garrote también fue utilizado durante la Edad Media, tanto en España como en Portugal. Luego, fue empleado durante la conquista española de América, particularmente en la ejecución del último emperador inca Atahualpa, en la ciudad de Cajamarca, en el año de 1533. También fue utilizado en las colonias españolas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El uso del garrote se generaliza a lo largo del siglo XIX, favorecido por la simplicidad de su fabricación, que estaba al alcance de cualquier herrero. Mediante decreto de 24 de abril de 1832, el rey Fernando VII abolió la pena de muerte en horca y dispuso que, a partir de entonces, se ejecutase a todos los condenados a muerte con el garrote, estando vigente legalmente desde entonces hasta la primera república, momento en el cual se abolió durante un corto espacio de tiempo para volver a instaurarse poco después.

La pena por garrote vil siguió vigente hasta la Segunda República, en pleno siglo XX, hasta que en 1932 se suprime, que sin embargo se vuelve a instaurar dos años después con el nuevo gobierno de la república (el CEDA). Después de la Guerra Civil, ya con Franco en el poder, la pena de muerte por garrote vil continúa ejecutándose por la vía de la jurisdicción civil, siendo utilizada hasta la derogación casi total de la pena de muerte al aprobarse la Constitución Española de 1978, la cual establecía su abolición parcialmente a nivel constitucional., excepto lo que pudieran disponer las leyes penales militares en tiempos de guerra (la pena de muerte fue abolida, finalmente y bajo cualquier circunstancia, por Ley Orgánica en 1995).

En nuestro país, el último ejecutado por medio de garrote vil fue Salvador Puig Antich en Barcelona, en la mañana del 2 de marzo de 1974, no así el último condenado a muerte, ya que esto ocurrió un año después. Hablamos de los hechos ocurridos el 27 de septiembre de 1975 en las ciudades españolas de Madrid, Barcelona y Burgos, siendo ejecutadas por fusilamiento cinco personas: tres miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) —José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz— y dos de ETA —Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegui—. Estas ejecuciones, las últimas del régimen franquista, poco antes de la muerte del general Franco, levantaron una ola de protestas y condenas contra el Gobierno español, dentro y fuera del país, tanto a nivel oficial como popular.

Como última curiosidad, fue costumbre que el condenado entregase una dadiva (regalo) al verdugo, con el fin de que operase la máquina con la mayor rapidez posible y que la víctima sufriese menos.

Actualmente, el Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH, del Consejo de Europa) p.ej. prohíbe la pena de muerte y su reintroducción a posteriori. Es un requisito sine qua non, además, para ingresar o permanecer en la Unión Europea (UE).

 

 

 

Pin It on Pinterest