¿Cuál es el origen de las fallas? ¿De dónde nace la devoción al culto al fuego? ¿Realmente son los carpinteros los que inician y dan origen a la falla actual?

Cuando llega el mes de marzo, de todos es sabido que Valencia llena sus calles de alegría, fiesta y sentimiento. La pólvora, la indumentaria, la música, la gastronomía y los monumentos falleros son los protagonistas a pie de calle durante nuestra fiesta más querida y sentida que se recibe cada año con ilusión. Pero de todo lo dicho anteriormente, el verdadero protagonista de las fallas no es otro que aquel que da su fin, el que termina con toda la fiesta vivida en ese ejercicio: el fuego.

Se dice que la palabra falla proviene del valenciano medieval (del latín fac[u]la, diminutivo de fax, ‘antorcha’), la cual servía para nombrar las antorchas que se colocaban en lo alto de las torres de vigilancia.

Es en el Llibre dels Fets uno de esos lugares donde se cita que las tropas del rey Jaime I llevaban fallas (antorchas) para iluminarse, tanto para el camino como a la entrada de las tiendas de campaña, y que estas mismas antorchas se utilizaban para alumbrar una fiesta, siendo más adelante, en el tiempo, donde se hace referencia a este término para referirse a las hogueras y luminarias que se encendían en vísperas de fiestas extraordinarias y patronales (bastante lejos de la realidad para explicar el origen).

Sobre el origen de las fallas hay escritas decenas de versiones, algunas de ellas bastante indocumentadas y sin razonamiento o sentido alguno. Una de las versiones más extendidas es, sin ninguna duda, la que sería una antigua costumbre de los carpinteros, donde en vísperas de su patrón San José, 19 de marzo, y para dar la bienvenida al fin de veladas de invierno trabajando, quemaban trastos viejos a la puerta del taller, donde se situaban unos candiles que sostenían en un palo, a modo de candelabro llamado, comúnmente, “estay” o “parot”. Esta idea nace reflejada, por primera vez y por desgracia, en “Guía urbana de Valencia: antigua y moderna, por el Marqués de Cruilles”. Imprenta de José Rius, 1876. Se dice que sería con el paso del tiempo, al añadir una figura vestida y representativa junto con más trastos viejos, creando así una escena, donde aparecería el primer ninot y la falla propiamente dicha (también hay quien dice que el parot se salvaba de la quema, no así los trastos viejos o virutas). También cabe decir que desaparece el parot en otra teoría, donde serían, igualmente, los carpinteros los que dieron origen a las fallas, además de mencionar la de que serían los niños de “l´estoreta” los encargados de recoger los trastos viejos (aunque sea verdad que un momento de la historia esto se produzca, NO ES CIERTO).

Teoría o evolución que se suele sostener en muchos casos, que, sin embargo, NO ES CIERTA NI ES EL ORIGEN PROPIAMENTE DICHO DE UNA FALLA EN ORIGEN.

Teoría o evolución que se suele sostener en muchos casos, que, sin embargo, NO ES CIERTA NI ES EL ORIGEN PROPIAMENTE DICHO DE UNA FALLA EN ORIGEN.

Todas estas teorías no se sostienen por ningún lado, ya que en los antiguos reglamentos del desaparecido Gremio de Carpinteros de Valencia nunca se dicta que haya que quemar algo por San José, donde solo se habla de sermones, música y rosarios, entre otras cosas, además de asistir a la misa solemne de todos los años junto con los fieles, representado el gremio por un “clavario” todos los años. Por entonces, el clavario era el representante de cada “cofradía”, lugar, este último, al que llamaban a la casa de cada oficio, donde se disponía la bandera de cada gremio en cuestión. Esto se empezó a hacer, en el gremio de carpinteros por imposición en Valencia, desde que San Juan de Ribera declarase fiesta de precepto a San José el 19 de marzo del año 1605: sobre todo influenciado por los cónsules de la ciudad de Valencia, quienes llegan incluso a pedir a Roma que la fiesta sea extensiva no solo en Valencia además de numerosas peticiones posteriores de otros personajes importantes; y por Santa Teresa de Jesús años antes, aquella que inicia la devoción de San José en España.

Se dice que tiempo antes, al “Gremi dels Fusters”, ya en 1497, se le da autorización del cambio de patronazgo de San Lucas a San José. Pero esta afirmación no es correcta. Se puede comprobar, en numerosos documentos, que San Lucas sigue siendo el patrón de los carpinteros, a pesar de la insistencia de la iglesia en un patronazgo católico. Tanto es así que en 1519, durante Las Germanías, en los anales de Aragón (1516-1520, Tomo III, capítulo 84), se dice que “. . .Gobernaba la ciudad de Valencia el teniente de gobernador, a quien llaman el subrogado, que en la autoridad es lo mismo. Aunque no tenía tantas fuerzas, mandó pregonar que ningún oficio ni cofradía, so ciertas graves penas, hiciese reseña; pero los carpinteros, que la tenían a punto para el día de San Lucas (18 de octubre). . .”.

Podemos confirmar también que durante los siglos siguientes, incluso tras el precepto de San Juan de Ribera, el propio gremio sigue celebrando San Lucas como su patrón. Esto se puede ver en los archivos de gremios del Reino de Valencia, lugar donde se encuentran todos los documentos de los carpinteros en Valencia hasta la desaparición y abolición de los gremios por Decreto Gubernativo de 20 de enero de 1834, reflejado en el Boletín Oficial de la Provincia un 7 de febrero de 1834, y convertido más tarde en Ley el 6 de diciembre de 1836. Allí se puede ver que, por ejemplo, las cuentas de todos los años se inician en una fecha y acaban en otra, es decir, un día en concreto para el comienzo y final del ejercicio en el reparto, además de para llevar las cuentas. ¿Qué cuál es esa fecha? Pues es, nada más ni menos, que el 18 de octubre: San Lucas.

Así se puede ver en decenas de ejemplos durante siglos, citando alguno de ellos: cuentas del 19 de octubre de 1577 al 18 de octubre de 1578 (caja 643, nº 935); 1649 (caja 644, nº 994), donde puede leerse “en el quadern que a cobrat Josep Roca en lo any de la sua clavaria, comensant a 19 octubre 1648 y finí en 19 octubre de 1649, en les 52 setmanes que caben dit any”; 1753/54 (llibre 445), donde dice “tacha de los tres dineros por casa semana que paga cada maestro en este presente año desde diesinuebe de octubre de 1753 hasta diesinuebe de octubre de 1754; incluso, en el mismo siglo XIX, a principios y hasta su desaparición como gremio, se encuentra el inicio y fin de ejercicio entre el patronazgo de San Lucas, aunque hay algunos años en los que el ejercicio varia por una razón que muchos teorizamos con pruebas: es entre 1792 y 1806 cuando la iglesia, momento en el que no puede controlar las hogueras o fallas, cuando intenta convertir la fiesta hasta ahora pagana en cristiana.

Otra hipótesis es que se piensa que las fallas derivan del pelele satírico que se tira a una hoguera, una vieja costumbre europea que en la Valencia del siglo XIX estaba presente en las manifestaciones de colgar monigotes grotescos en ventanas y balcones durante la Cuaresma principalmente, cosa nunca documentada en Valencia, además de que las fallas, como se adivina en diversos bandos (1740 prohibiendo las fallas u hogueras por razones estrechez de las calles; o la ordenanza del 13 de marzo de 1784, donde dice, de forma resumida, que “no se permiten hacer fallas por las calles en la noche víspera de San Joseph, sino en las Plazas”, todo por cuestiones de incendios y seguridad, y por cercanía a las fachadas de las casas, por orden del Corregidor de Valencia; o el de 1851 por parte del ayuntamiento de Valencia que prohíbe “encender hogueras, de cualquier clase que sean, en las calles y plazas de esta capital, sin expreso permiso de mi autoridad”), eran a pie de calle siempre.

Representación de William Hogarth de una celebración en Londres, en abril de 1653 fuera de la taberna King’s Headen Fleet Street, momento en el cual se celebra la disolución del Parlamento Rump de Oliver Cromwell (ESTO NO ES UNA FALLA).

Muchos de estos fragmentos, al igual que un manuscrito valenciano de 1693 que pertenece a la colección de don Rafael Solaz, el cual cita que “en Valencia se pusieron muchas fallas u hogueras”, no citan nunca los “ninots” o muñecos, siendo siempre hogueras, antorchas u otro tipo de añadidos, como luminarias o candiles.

También sigue presente aquella teoría que sitúa los posibles orígenes en las celebraciones de las llegadas de los equinoccios y solsticios, o lo que es lo mismo, la entrada de las estaciones del año, encendiendo hogueras. Así que, suponiendo esto, relacionaríamos las hogueras del solsticio de verano con San Juan y las del equinoccio de primavera a San José. De esta, curiosamente, se piensa que data de tiempos de la Taifa valenciana, e incluso en tiempos anteriores, no faltando tampoco aquella que mezcla la costumbre de los carpinteros con ésta última del equinoccio. Tampoco podemos olvidarnos de aquella que dice que las fallas son representaciones teatrales, desembocando en lo que finalmente serían los ninots de las fallas.

Por último, está la mágica; la que se acerca a las creencias y los ritos valencianos; la que algunos de nosotros creemos y la que muchos callan; la que tras mucho tiempo de investigación, uno puede descubrir, como servidor, si va tomando las migajas de pan que hay en el camino de nuestra historia, siguiendo todas ellas un mismo denominador común: el fuego.

Y es que desde los albores de la humanidad, cuando el hombre descubrió cómo hacer fuego, los antiguos interpretaron que aquello era mágico, ancestral y cercano a los dioses o alguna divinidad. Aquel elemento no solo les servía para protegerse del frío o para cocinar alimentos, también pensaban ya los primigenios que aquel elemento les servía para acercarse a los dioses y para alejarse de lo que siempre ha temido el hombre: la oscuridad. Al igual que el Sol, elemento mágico y divino en las antiguas civilizaciones, la luz que emite el fuego es símbolo de protección para alejar lo más oscuro y tenebroso. Pero el hombre, que espiritualmente crece conforme avanza la humanidad, sabe que el fuego también puede ser motivo de condena, de lo más siniestro y tremebundo, usándolo como objeto de justicia.

Es cuando la simbología del fuego, dependiendo de las diferentes culturas y/o religiones, experimenta numerosos significados que, sin embargo, tienen un mismo fin: el fuego de bendición o de maldición. La petición a lo ancestral, a lo divino, a lo que está por encima del hombre, así como también de condena, como vara de justicia y sentencia. Pero al igual que la creencia o rito del fuego varía dependiendo de la cultura o civilización, es también el fuego el que varía como dogma de fe, imponiéndose como religión por encima de las que ahora conocemos.

No solo los antiguos se remitían al fuego para sus peticiones, también lo hacían nuestros antepasados cercanos, hasta hace bien poco, incluso en el pasado siglo, por muy raro que pueda parecernos. En nuestras tierras, en Valencia, el culto al fuego ha sido perseguido como herejía en el pasado, casi desterrado, así como en otras partes del planeta. Muy pocos saben que durante la Guerra Civil española, la huerta se llenó por doquier de ritos de fuego valencianos de maldición, aquellos que fueron anulados por completo ya en posguerra y casi desaparecidos y desconocidos hoy en la actualidad. Ritos que han sido perseguidos, aunque temidos y respetados, desde la llegada de Jaime I. Y es que desde que se iniciara el primer paso hacia el nacimiento de la Inquisición con Inocencio III, el culto al fuego ha estado perseguido como herejía por la Santa Inquisición, como símbolo contrario de la religión cristiana y del culto al paganismo.

También son muchos los que desconocen que en marzo de 1792, en el Diario de Valencia, se refleja una queja de un vecino valenciano: Bonifacio Cristiano. En ella se “lamenta de la poca veneración que tributamos al Patriarca san Josef y de los dañosos excesos que se cometen en su víspera y día”. A dicha carta le contesta el pseudónimo “El Amante de la Verdad”, que no era otro que el fraile Traglia, haciendo extensiva la iglesia su afán de controlar todo por entonces, para intentar concienciar a la gente del culto y devoción que debía rendir en dicha fiesta, alejando el culto al fuego, una herejía por entonces para la Santa Inquisición. “El Amante de la Verdad” daba la razón a Bonifacio, al mismo tiempo que “condenaba” la fiesta como un acto de abandono de las obligaciones y de la familia, además de la perdida notable de jornales, donde argumentaba que “las fallas no pueden ser consideradas como diversión buena, pues nada tienen que ver con el significado religioso de la festividad”. También indicaba en la contestación que “Sobrada razón tienes o buen Christiano para llenarte de tristeza quando notas en nuestras calles y plazas tantas Piras quantos son los Figurones que en este día se te representan ridículamente vestidos”. Ya por entonces, la iglesia todavía no podía controlar la fiesta de San José, aunque muy pronto comenzaría a hacerlo (Diario de Valencia, 18 de marzo de 1792).

Justo años más tarde, en “Ocios entretenidos”, un precioso documento que rescató Rafael Solaz el cual está redactado por José Calasanz Biñeque en 1819 en su visita a Valencia, se puede leer en su índice “Las Fallas á San José”, donde ya el autor nos está diciendo que no son las únicas “fallas” que se producen en Valencia. El texto dice, en su página 31:

“. . .La víspera de San José hay función que no se á que atribuirse, y son las llamadas Fallas, en un tablado, en el medio de las plazas unas figuras de paja o trapos, ya señoritos o señoritas, algunos burlescos, zapateros remendones, y otros sujetos, a quienes se les quiere hacer esta burla; suelen estar muy bien vestidas, y a la moda, con bastante elegancia, igualmente ven muchas coplas y décimas, análogas a quien se dirigía la dicha función: pasean las gentes todo el día, y hasta las criadas deben tener su hora para verlas. Llegada la 2ª oración, principia el alboroto, la algazara y griterío. Tanto hombres y de mujeres, como de los mismos muchachos, y en esto se dan fuego por los cuatro lados y arde todo, que para ellos es una maravilla, quedando reducido á cenizas, tanto la falla como el tablado; y las gentes todavía no satisfechas corren por las calles, a ver si llegan á tiempo de ver otra de las encendidas fallas: Estas costumbres hacerlas los carpinteros, y otros, en obsequio de San José, pero ni se el significado, ni el misterio, ni de donde se tomó tal costumbre. . .”

En este punto cabe decir que es la propia iglesia, en este caso, la interesada en anular algo que a su vez se está produciendo extramuros de Valencia, incluso intramuros en algunas ocasiones pero de manera clandestina, principalmente, en la huerta valenciana. La visita de Biñeque, entre 1817 y 1819, se produce todavía con la Santa Inquisición en marcha, dentro de una de las cuatro aboliciones que hubo. Años antes, otros viajeros intentan explicarse el motivo de la fiesta y describen la fiesta con muñecos, grotescos en algunos casos, vestidos a la moda y sobre un catafalco, como es el caso de Alexandre Laborde en 1806, donde dice que “todos los años, el día 18 de marzo y víspera de San José, los ebanistas y carpinteros realizan por calles y casas, cada uno delante de su obrados, unas representaciones verdaderamente teatrales, denominadas fallas de sant Josep”. Todos ellos después de 1792 y anterior a Biñeque. Aquí podríamos preguntarnos aquello de ¿qué ocurrió entre 1792 y 1806, entre ésta última cita y la carta al Diario de Valencia, donde se condenaban, para que las fallas u hogueras crecieran en tamaño (150 según Laborde), que fueran los citados ebanistas o carpinteros como artífices, y donde ya se traten temas cuando hasta entonces eran simples “ninots” que parecían simples “espantapájaros”? 

La solución está en una palabra: herejía. En tiempos de la Santa Inquisición, ésta era perseguida cuando era contraria al culto cristiano. Uno de estas persecuciones, que hoy todavía se conserva en la huerta y que muchos callan, pertenece a un rito de maldición o bendición, lo que comúnmente se conoce en los ritos y creencias valencianas como “Stot”, palabra de origen valenciano, en “Espardenya”, que a su vez proviene del latín “stipes”, que significa palo, tronco de árbol o tarugo, hincado en tierra. Esta palabra toma referencia y origen latino para explicar la creación de lo que llamaríamos vulgarmente un “espantapájaros” con forma humana, siendo dos “stipes” los utilizados para la creación de dicha “cruz”, solo que en este caso se realiza con un objetivo: una petición mediante el rito de fuego para buscar justicia. Dicha creencia de maldición se basa, principalmente, en maldecir a una persona mediante petición de justicia, la cual se cumplirá, o no, mediante la cultura natural valenciana.

Es la propia iglesia la que a principios del siglo XIX intenta imitar los “Stot”, pero no lo consigue, pues desde la ignorancia no siguen el ritual por completo, aunque algunos curas valencianos lo conozcan. Es durante estos tiempos también cuando se produce, y da la casualidad, que en decenas de lugares de Valencia capital, como en los casinos, que son motivo de reunión para los pensadores políticos y donde cada uno de ellos se identifica con una ideología, se queman en sus entradas algún que otro Stot para maldecir a un político del bando contrario. Pobres de ellos aquellos que asistían a aquel espectáculo y eran desconocedores de aquel tema por completo, pues para ellos su significado era simplemente burlesco y sátirico sin saber realmente que ese “ninot” tenía poderes mágicos…

Quienes conocen el Stot saben que un simple espantapájaros no es nada en la huerta; si a este se le añaden unas bochas a los lados (Brocha Fel), a cada brazo, además de una cartela (la crítica que hoy vemos en la falla actual bajo el ninot o junto a ella) escrita en “Espardenya” para ahuyentar los pájaros, el espantapájaros se convierte en “Stot Fel”, un rito de bendición para la cosecha y de maldición para ahuyentar a pájaros y aquel que quiera arruinarla; si al “Stot Fel”, además, le damos la vuelta a la cartela tras el rito anterior dicho, y le escribimos ahora una petición de justicia, éste se convierte en “ninot”, falla real en origen. Dicho ninot, comprende a su vez dos palabras: trompellot y parot, donde todo aquel que domine el habla natural valenciana sabrá su significado, siendo ésta última palabra la que tomó, por equivocación, el Marqués de Cruilles en 1876 en su “Guía urbana de Valencia: antigua y moderna”.

También cabe decir que el Stot nunca tiene que ser, finalmente, ninot. Es aquel labrador, su creador, quien decide que tras la cosecha en la huerta, al conseguir ahuyentar los pájaros protegiéndola con el rito natural valenciano tras haber sido el “Stot” bautizado (“batech”), el que decide quemar, o no, para convertirlo. El labrador quemará tras la obtención de la cosecha el Stot, pues el rito ha funcionado, dado que querrá remover la huerta para un futuro cultivo, y que esta vez sí sean los pájaros quienes acudan a su terreno y se coman los bichos e insectos que puedan perjudicar los frutos de la tierra. Si la persona en cuestión desea aplicar “la ley de la huerta”, pidiendo justicia, entonces creara un “ninot”.

Podemos afirmar que, durante tiempos atrás a la mitad del siglo XIX, todas las “fallas u hogueras” que se producen en Valencia tienen la misma característica, o parecida (casi al 100%, incluso las impulsadas por la iglesia): son todas muñecos satíricos que se asemejan a un Stot o espantapájaros, donde dicho esto podríamos afirmar sin equivocarnos que este es, pues, el verdadero origen de las fallas: el Stot. Por cierto, tampoco se producen siempre en marzo, al igual que tampoco, Valencia, es el único lugar donde se produce este rito de maldición, significando esto que el origen de las fallas es mucho más extendido de lo que creemos (territorialmente, y no solo en la actual Comunidad Valenciana), aunque sea aquí donde más se produzca y donde los ritos al fuego sean parte de la cultura natural valenciana que ha perdurado y que, finalmente, ha mutado en el origen de la falla actual. 

Fotografía de 1903, falla plaza de Mariano Benlliure de Valencia

Fotografía de 1903, falla plaza de Mariano Benlliure de Valencia

Cartel de Fallas 1964

Cartel de Fallas 1964

Son pocos los rastros o migajas a lo largo de la historia para confirmar esta teoría, algunas de ellas reflejadas en carteles falleros como el del año 1964, incluso fallas recientes ya en el siglo XXI por parte de algunas comisiones tratando de recuperar el origen.

Stot en la falla Palleter-Erudito Orellana. Archivo: Manuel Vilaplana.

Stot en la falla Palleter-Erudito Orellana. Archivo: Manuel Vilaplana.

Solo aquellos que conocemos muchos más detalles, sabemos que es cierta, al igual que aquel lector que, sorprendido, calle “com un fill de puta” una verdad que solo los “buena sombra” o los que siguen los ritos y creencias valencianos conocen. Y es que, queridos amigos, hubo otro tiempo donde el ninot fue algo temido, algo tremebundo. . .

Miram be tot lo anterior,

en Ma casa no soc Cansalà.

Quan no respetes ús i costum,

Ninot a Ma casa seràs.

Obra titulada “In Extremis”, por Aurora Valero, año 1968. XI Salón de Otoño, Accesit Premio Ateneo Mercantil.

Obra titulada “In Extremis”, por Aurora Valero, año 1968. XI Salón de Otoño, Accesit Premio Ateneo Mercantil.

Dar las gracias a aquel que consiguió abrirnos los ojos: SO Andrés Castellano Martí

ATENCIÓN: Este artículo es una pequeña parte de un extenso estudio que verá la luz dentro de poco en formato libro. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación sin el consentimiento expreso de Valenciabonita.es

 

Foto de portada: Falla con gran cabeza sonriente en la plaza del Mercado: [Valencia] (s.a.) – Anónimo, Tarjetas postales de la BV José Huguet.

 

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