La historia del Cementerio General de Valencia

En este cementerio no hay tristeza,
ni soledad tampoco, ni alegría,
ni los muertos están, ya sólo barro,
ni se acercan los vivos de visita.

Sólo hay serenidad imperturbable,
como una niebla fina
flotando sobre lápidas y estatuas,
que tantas cosas en silencio gritan.

Las fechas no hablan ya, ¿qué han de decirnos?,
nació, murió, los años y los días
ni definen al muerto cuando muerto,
ni perfilan su imagen cuando en vida.

Los nombres guardan un recuerdo en piedra
que casi siempre se perdió en la brisa.

Sobre la tierra, el mármol o el granito,
la división de clases, jerarquías,
más para beneficio de los vivos,
los muertos ya igualados en cenizas,
incapaces de ver la diferencia
entre rosas lozanas y marchitas.

Cuenta muy bien don Francisco Álvarez Hidalgo, autor de parte del poema que acabáis de leer, que la muerte, por desgracia, no distingue a nadie. Algo de lo que a diario apenas hablamos, siendo uno de los temas tabú en nuestro día a día, está presente estos días más que nunca para recordar a los seres queridos que ya no están entre nosotros.

Muchos preferimos no pisar ese lugar donde yace el silencio y donde reina la soledad. Un espacio de descanso eterno donde conviven tanto ricos como pobres, donde se pueden encontrar diferentes muestras de ostentación o grandiosidad (véase los panteones, con ejemplos como el primer panteón, de 1851 para Virginia Dotres, o el primer monumento funerario, años antes, siendo uno de los cementerios que más tiene de España), o donde podemos avergonzarnos de tener las fosas comunes más grandes de la historia europea del siglo XX (entre el 1 de abril de 1939 y el 31 de diciembre de 1945), con un total de 23.661 víctimas documentadas en cada una de las fosas comunes de las que se tiene conocimiento, incluso de la que vergonzosamente se intentó destruir construyendo nichos encima: la Sección 7ª Derecha. 

Quizás, con este último dato, nos hemos acercado mucho en el tiempo para conocer parte de la historia del Cementerio General de Valencia. Pero lo cierto es que hemos de retroceder más de 200 años para entender su disposición y lo que por entonces ocurría en Valencia.

Fuente de las fotos indicada al final del artículo.

Fuente de las fotos indicada al final del artículo.

EL ORIGEN 

El Cementerio General de Valencia, considerado una obra del neoclásico español que se encuentra en el llamado antiguo camino de Picassent, nace en 1807 un domingo 7 de junio, donde inició su construcción en julio de 1805 con motivo de la Real Cédula expedida por el Carlos III un 3 de Abril de 1787, que por así decirlo “desterraba los cementerios extramuros de la ciudad” o “…fuera de las poblaciones siempre que no hubiere dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ellas, en sitios ventilados e inmediatos a las Parroquias y distantes de las casas de los vecinos y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos”… tal y como dice parte de la Orden.

Aquella cédula venía como consecuencia de que un par de años atrás, el 3 de agosto de 1784, una real orden dictada en este sentido por el propio Carlos III, disponía que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en las iglesias. Una medida que imitaba la prohibición francesa del año 1776. La peste, entre otras enfermedades como la viruela y la fiebre amarilla, además de las pésimas condiciones de salubridad, fueron parte de las causantes de la medida que adoptó el monarca.

Años antes, en la vecina Francia, ya era rechazada la cohabitación de los muertos con los vivos en 1760, donde ya comenzaban a preocuparse de gran manera por la higiene y salubridad, algo que con el tiempo mutaría en algo que se conoce como el “higienismo”, una corriente que nació para reparar, con más detenimiento, en la salud de la ciudad y sus habitantes. Algo que en Valencia, a pesar de iniciar varias medidas como las del cementerio general en 1807, tardaría mucho más en llegar hasta la creación de la llamada Junta Municipal de Sanidad en los años 30 del siglo XIX. Y es que, queridos amigos, aquella Valencia era una ciudad propia de una urbe medieval, sumida todavía en las más profundas costumbres que iban desapareciendo en numerosas ciudades europeas. 

Cabe decir que aunque el cementerio ya estuvo en marcha desde 1807, no fue hasta el 5 de febrero de 1812 cuando por decreto se ordenaba que cesaran los enterramientos en las iglesias parroquiales o en sus cementerios, disponiéndose un nuevo reglamento sobre los entierros tras haberse cometido abusos en la conducción de cadáveres. De aquella disposición, hasta nuestros días, tan solo queda un resto vivo de un cementerio parroquial aunque con matices: el llamado Cementerio Parroquial de Benimaclet.

Sobre aquella misión, la de convencer al resto de gente que no veía con buenos ojos disponer extramuros los cementerios, la cual se podría decir que era una difícil meta en sus años anteriores, costó de introducirla como algo beneficioso en la sociedad. Para certificar esta última frase nos basamos en las palabras de Fray Joaquín Company, Arzobispo de Valencia, en “A todos nuestros Curas Párrocos y demás Diocesanos, 1806“, donde decía que:

«Es indubitable que en muchas de las Iglesias de nuestra Diócesis se hace insufrible el mal olor que despiden los cadáveres, lo que retrae á muchas gentes de la concurrencia á sus Parroquias, y les precisa irse á otros templos, en los que no son tan freqüentes los entierros», el templo, «es un lugar destinado para ofrecer á nuestro Dios y Señor los Sacrificios santos y puros: en donde nos congregamos para unir nuestros votos, é implorar la protección del Cielo», y por ello «debe estar limpio, aseado, y muy distante de toda corrupción».

Por supuesto hubo muchos detractores de la medida de que se hicieran desaparecer los cementerios intramuros. Para la consecución de los nuevos cementerios extramuros, fueron designados en 1804, por toda la península, varios comisionados que tenían el fin de encargar los proyectos y ejecutarlos, rompiendo así la larga tradición de los cementerios parroquiales que llevaban, por ejemplo, desde el siglo XIII en Valencia, era la costumbre católica que hasta entonces profesaba, aunque bien cabe decir que también existían lugares que bien podríamos llamar como “fosas”, en los que ajusticiados, mendigos u otras personas que eran repudiadas, eran tiradas como perros o, porque no decirlo, quemadas, tal y como ya os contamos en nuestro artículo de “la Valencia sodomita“.

Cabe recordar que hasta la llegada del Cementerio en 1807, hasta entonces los cementerios se encontraban dentro de la ciudad de Valencia, en los Parroquiales o sus anexos, donde a día de hoy todavía es posible ver alguno de ellos en numerosos mapas anteriores a la época de construcción del cementerio o del que os hemos hablado anteriormente, siendo el único testigo vivo de aquellos cambios: Cementerio Parroquial de Benimaclet (a pesar de esta afirmación, cabe decir que el Fossar fue trasladado de la capital a su ubicación actual a finales del siglo XIX, cuando fue clausurado un año después de convertirse en pedanía de Valencia “el poble de Benimaclet” (esto ocurrió en 1878), además de existen dos cementerios más parroquiales en Valencia: el de Carpesa y Benifaraig. Dichos núcleos de población pasaron a formar parte de la ciudad de Valencia como pedanías en 1888 y 1900 respectivamente). Era normal que muertos y vivos convivieran en las cercanías, así como también era normal las diferentes tradiciones de los entierros en Valencia, haciendo especial mención a una curiosa tradición de entonces: existían unas mujeres, ajenas a la familia del fallecido, quienes velaban hasta el entierro en la muerte de la persona, donde rogaban a Dios por él y por su entrada en el cielo.

La obra del proyecto del cementerio se debe a a Cristóbal Sales (1763-1833) y Manuel Blasco (+ 1823), arquitectos municipales y académicos de San Carlos, alumnos de Antonio Gilabert, que junto con Vicente Gascó introdujeron el
clasicismo barroco de raíz italiana en la arquitectura valenciana de finales del siglo XVIII. A pesar de esto cabe decir que el proyecto original nunca llegó a realizarse, el cual se inauguró en 1807 de manera provisional con las penurias económicas y políticas del momento, tal y como nos cuenta Carmen Rodrigo Zarzosa en “Monumentos funerarios en Valencia”.

Y os preguntaréis ¿qué pasaría entonces con los cementerios parroquiales? Algunos de los primigenios camposantos fueron
transferidos por entero a un solo comprador, mientras que otros, habiendo sido previamente parcelados, lo fueron a varios adquiridores. En el estudio que realiza Fernando Pingarrón Esaín, miembro del Departamento d´Història de l’Art. Universitat de València, hace referencia a las diferentes ventas que se llevaron a cabo, como las de San Juan del Hospital, Santos Juanes, Santa Catalina, San Salvador, San Miguel y San Bartolomé, en 1805; San Andrés en 1821, y San Esteban
en 1830, todas las mencionadas a un solo comprador, destacando grandes personalidades de entonces como puede ser Dña. Josefa Dominga Catalá de Valeriola, duquesa de Almodóvar; o las parcelas adquiridas a diferentes compradores, como fue el de San Martín, traspasado en nueve transacciones en 1805 y 1806, y Santo Tomás en tres en el penúltimo año; sumándose mucho más tarde los de Santa Cruz, vendido en 1841, y San Lorenzo, que lo fue al año siguiente.

Volviendo al hilo del Cementerio General, y en concreto al decreto de 1812, el de 5 de febrero sobre los entierros por haberse cometido diversos abusos en la conducción de cadáveres, desde ese momento la exclusiva de los entierros, tal y como cuenta Carmen Rodrigo Zarzosa en su publicación Monumentos funerarios en Valencia, fue concedida por D. Agustín de Quinto, entonces Director General de Policía, a la Casa de la Misericordia cobrando por cada entierro 52 reales de vellón y por los párvulos 26 reales, obligándose a procurar los féretros, organizar la conducción de enterramientos y abonar los honorarios al capellán del cementerio. A cambio, estaban obligados a enterrar gratis a los pobres siendo pues afectados, como señaló Cruz Román, los miembros del antiguo gremio de sepultureros.

Años antes, las dificultades se habían manifestado enormemente en el Cementerio General de Valencia, donde gran parte de culpa la tuvo la Guerra de la Independencia Española. En los primeros años de vida del cementerio se producen diferentes saqueos y profanaciones de nichos, donde el Ayuntamiento de Valencia eleva en 1811 una denuncia al Arzobispado, encargado de su jurisdicción quien procuró su rehabilitación y cuidado por entonces. Fue justo un año después de su creación, en 1808, cuando se empiezan a construir los primeros 80 nichos, siendo el Marqués de Jura Real el primero enterrado en un nicho de manera oficial en Valencia.

LAS AMPLIACIONES Y LA LLEGADA DE LOS MONUMENTOS FUNERARIOS

A lo largo de la vida del Cementerio General, varias han sido sus ampliaciones, tanto en volumen de nichos como en terreno para acomodar la diferente arquitectura funeraria que tenía que llegar. 

En un principio el Cementerio General de Valencia nació, inicialmente, como un espacio de unos 3.200 metros cuadrados aproximadamente, murado, con capilla central en el testero y acceso, también centrado en su frente. La posterior ampliación al año siguiente de los primeros 80 nichos o de los siguientes años venideros para conformar lo que muchos llamaron como “Hort de les Palmes”, sería la nota predominante hasta mitad del siglo XIX. Por entonces la vegetación imperaba, y de que manera, a lo largo de todo el recinto funerario, donde predominaban en gran parte las palmeras (de ahí la anterior denominación como “Hort de les Palmes”, en imagen y semejanza al parque-jardín francés de Père-Lachaise). 

Fue cuando llegó la arquitectura monumental, aquella que se ha ido conformando en el interior del cementerio. Testigo del crecimiento a lo largo de los años del camposanto, hoy predomina de tal manera considerándose uno de los tres cementerios más importantes de España en cuanto a lo que se refiere de patrimonio funerario. Especial mención tienen aquellos lugares de personajes ilustres, personajes populares, mujeres que dejaron huella o panteones como el de Virginia Dotres en 1851, que murió a los 15 años tras una triste enfermedad.

Otro de los más destacados, de obligada visita para nosotros, es el que está considerado como el monumento funerario más antiguo del Cementerio General, obra del arquitecto Sebastián Monleón y el escultor Antonio Marzo en 1846, para el joven de 20 años D. Juan Bautista Romero Conchés fallecido en 1845. Este jovenzuelo era hijo del Marqués de San Juan, Juan Bautista Romero, aquel del que os hablamos en nuestro artículo de “los leones que fueron rechazados en Madrid están en Valencia”, artífice de que llegaran los leones rechazados del Congreso de los Diputados de Madrid.

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Panteón obra del arquitecto Sebastián Monleón y el escultor Antonio Marzo en 1846, para el joven de 20 años D. Juan Bautista Romero Conchés fallecido en 1845. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

En el interior del Cementerio habitan y conviven numerosas obras de diferentes arquitectos, como por ejemplo las obras de José María Manuel Cortina Pérez (1868-1950), que fue arquitecto Municipal del cementerio y del cual se disponen una treintena de obras realizadas en su interior. Como bien pudisteis ver en nuestro artículo de “la Paterna de Cortina”, en sus obras fluye el modernismo y la fantasía medievalista, siendo, pues, éstas un claro ejemplo de la pomposidad de la clase alta de aquella Valencia antigua. 

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Pantéon de la familia Moroder, obra del arquitecto A. Martorell y del escultor Mariano Benlliure en 1907. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

Otro de los más llamativos que se puede ver es el que hay cercano al del hijo del Marqués de San Juan, donde cabe destacar que es el único con luz artificial del cementerio y con su propio contador… ¿os imagináis éste lugar del cementerio iluminado en medio de la oscuridad? Además, su lápida, contiene curiosos grabados que nos llamaron la atención, como un ángel apocalíptico tocando la trompeta y varios difuntos a su alrededor. Todo un misterio este panteón…

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El único con luz artificial del cementerio. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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Rafael Solaz en el panteón de Sorolla. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

A lo largo de la historia el Cementerio, éste ha tenido que ampliarse en varias ocasiones, siendo la más destacada la que se inició en 1880 y que se demoró por culpa de la epidemia del cólera más grande sufrida en Valencia (la de 1885) de las 7 epidemias de “apestados” que ha sufrido el Cap i Casal. En memoria de aquellas más de 5000 personas fallecidas por el cólera de 1885 se erigió la gran Cruz del Cólera, cruz que fue restaurada debido a su mal estado. De aquella gran cruz ya os hablamos en nuestro artículo de “Un monumento que recuerda a las víctimas del cólera en Valencia“, donde bajo esta cruz se encuentran enterradas muchas de aquellas víctimas de la última epidemia que sufrió Valencia, ya que el cólera se erradicó poco después.

El cólera mató en Valencia a muchísimas personas, destacando las epidemias de 1834 (5427 víctimas); 1854 (2073); o la de 1865 (4027), donde se dice que en ésta el cólera entro en España por el puerto de Valencia, siendo una de las más afectadas en esta epidemia. Hubo otras 3 epidemias más, además de la mencionada de 1885 (más de 5000 muertos), aunque con escasa mortalidad.

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Fotografía de la Cruz del Cólera del Cementerio Municipal de Valencia que aparece en “Mundo gráfico” (29/10/1930).

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Fotografía actual de la Cruz del cólera del Cementerio General de Valencia donde se observa un búho del que os hablaremos más adelante. La foto es realizada por © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

La primera de todas las ampliaciones fue la que se realizó en 1875, donde se realiza el proyecto de ensanche que se aprueba justo un año después, en 1876. Esta primera ampliación tenía como fin un aumento de profundidad del rectángulo inicial, quedando la capilla exenta casi en el centro. Después vendría la mencionada anteriormente que el cólera retraso, la de 1880, donde se aprobaron las condiciones para construir nuevos nichos y pórticos, además de la decisión de construir un nuevo rectángulo adosado al primero, denominado de los “Pórticos” o “Patio de las Columnas” por estar formado por 170 robustas columnas dóricas. 

Posteriormente, en 1886, se construyó la sala de espera y justo unos años después, llegaría el cementerio civil. El antiguo cementerio civil fue inaugurado en agosto de 1892 por la aprobación de ley de libre pensamiento. A pesar de encontrarse “dentro del cementerio” o en la inmediación, éste era independiente del Cementerio General de Valencia y estuvo incomunicado hasta la II República. Allí se inhumaron todo tipo de librepensadores, laicos y extranjeros, así como también, por ejemplo, tumbas hebreas. Fue con la llegada de la República, cuando se dio acceso y se dignificó el lugar, aunque fue separado, de nuevo, con el franquismo hasta 1979, hasta que finalmente ha pasado a formar parte de la sección 4ª izquierda.

En este lugar se hallan enterrados personajes ilustres como Blasco Ibáñez y varios miembros de su familia, el periodista Azzati, el escritor Constantí Llombart o Amparo Meliá, esposa de Pablo Iglesias, entre otros, artífice en gran parte de la ley que os hemos mencionado anteriormente, donde a través de la fundación de “El Nuevo Ideal”, predicaba tales derechos y reivindicaciones obreras. 

Otra de las ampliaciones realizadas fue la de 1901, con una nueva ampliación con proyecto dirigido por el arquitecto municipal Rafael Alfaro con el que el cementerio alcanzaría los 63.184,66 m2 con un censo de 213.550 habitantes o la de 1907 en el patio de las palmeras. En los años venideros vendrían sucesivas ampliaciones, que tendrán en común el tratamiento de las construcciones que albergan los nichos y adecuar el espacio para las visitas de los familiares a sus fallecidos. 

Destaca, por desgracia, lo ocurrido en los años de la posguerra, justo al terminar la Guerra Civil Española,  donde podemos avergonzarnos de tener las fosas comunes más grandes de la historia europea del siglo XX (entre el 1 de abril de 1939 y el 31 de diciembre de 1945), con un total de 23.661 víctimas documentadas en cada una de las fosas comunes de las que se tiene conocimiento, incluso de la que vergonzosamente se intentó destruir, por parte del antiguo consistorio, construyendo nichos encima: la Sección 7ª Derecha. 

SIMBOLOGÍA FUNERARIA 

Sobre este tema seguramente se podrían escribir páginas y páginas, pero solo haremos ligera mención, además de que somos totalmente desconocedores de este tipo de simbología, en su gran mayoría, y de su significado.

Resulta curioso el búho, animal que en numerosas ocasiones podemos ver por el recorrido representando a la oscuridad por el hecho de su “vida nocturna”, relacionándose éste con la muerte.

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Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

También puede verse diferente simbología mortuoria, como flores “siemprevivas”, lámparas votivas, las letras alfa y omega (el principio y el fin), la flor de la “adormidera” (motivo frecuente en la iconografía de las antiguas civilizaciones mediterráneas, por su valor simbólico y ritual, además de ser símbolo pagano del eterno sueño), y otro tipo de simbología relacionado con la muerte en gran parte, donde todo tiende a relacionarse recordando el lugar donde estamos.

En la antigüedad era muy común todo tipo de simbología para expresar un mensaje al visitante, además de la que podía acompañar en los epitafios, algunos de ellos muy curiosos a lo largo del Cementerio General.

En definitiva, visitar el Cementerio General de Valencia, es recorrer un auténtico museo viviente, tal y como ya os hablamos de él en nuestro artículo del Museo del SilencioEl respeto o miedo que puede imponer este lugar, no debe de ser motivo para no visitar uno de los lugares que más requiere de estudio para entender la gran arquitectura de muchos de los monumentos que en él se erigen. Este museo al aire libre comienza tras cruzar su puerta de entrada, donde uno debe recordar que el miedo debe quedar aparcado, puesto que “el peligro está extramuros del cementerio, con los vivos, y no con aquellas personas que viven ya el descanso eterno“.

En la actualidad, la ciudad de Valencia cuenta, además del Cementerio General de Valencia, con diversos Cementerios Municipales, que son el cementerio de Benimaclet, el del Cabañal, el de Campanar, el del Grao, el de El Palmar y el de Masarrojos.

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La colonia de gatos forma parte del recorrido del “Museo del Silencio”. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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La colonia de gatos forma parte del recorrido del “Museo del Silencio”. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

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Tumba de Vicente Blasco Ibáñez. Fuente: © Valenciabonita.es – Por favor, si compartes esta imagen indica la fuente 🙂

 

Fotografías de portada:

Fuentes:

 

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