• Corría el año 1904, en febrero, cuando uno de los valencianos más universales que hemos tenido, don Vicente Blasco Ibáñez, pudo haber vivido sus últimas horas. Acostumbrado a defender sus ideales a cualquier precio, incluso el de la muerte, en este caso fue la suerte la que le acompañó y le salvó de aquel fatídico destino. ¿O fue realmente un acto concienzudo?

1904, Madrid. La tensión entre las diferentes ideologías políticas es evidente no solo en el Congreso, sino también en la calle. Justo un año antes, y también en febrero pero en Valencia, Rodrigo Soriano propiciaría la separación con el que hasta entonces era su amigo y compañero en el diario El Pueblo, Vicente Blasco Ibáñez, propiciando una gran brecha política en la sociedad con los llamados partidarios del “blasquismo” y el “sorianismo”. La lucha de Blasco Ibáñez, desde esta escisión, no sería sino un aliciente más para continuar con sus ideales y lucha.

El 22 de febrero de 1904, a la salida del Congreso en Madrid, guardias de seguridad “repartieron sablazos” para disolver lo que creían que era una manifestación, cuando en realidad era simplemente un pequeño acto espontáneo por encontrarse allí el valenciano para, así, aplaudirle por sus declaraciones en el interior del edificio (aunque bien es cierto que allí se reunían para protestar). Uno de esos sablazos fue a parar a la cara de Blasco, donde además fue testigo de ver que no fue el único tras ver, incluso, sangre en algunos de los que como él sufrieron tal percance. Al día siguiente, las amenazas en el interior del Congreso, por parte del valenciano, fueron evidentes con sus declaraciones que traerían un gran revuelo: “debo decir al señor ministro que ayer recibí un sablazo, pero será el último, porque hoy traigo en el bolsillo una browing con ocho tiros”.

Tras estas declaraciones, en las que culpaba directamente  al ministro de la gobernación José Sánchez Guerra por ser el “director” de sus esbirros (la guardia), se desencadenaron una serie de hechos que propiciaron que, finalmente, el teniente que dio el sablazo dimitiera para, acto seguido, batirse en duelo a muerte con Blasco Ibáñez.

Las amenazas de Blasco Ibáñez en el Congreso. El Pueblo : diario republicano de Valencia (25/02/1904).

Las amenazas de Blasco Ibáñez en el Congreso. El Pueblo : diario republicano de Valencia (25/02/1904).

'El Pueblo : diario republicano de Valencia (26/02/1904). En este fragmento se hace referencia a los hechos ocurridos el lunes 22 de febrero y a las manifestaciones en el Congreso del 23 de febrero, donde Blasco, bien podría decirse, "iba preparado".

El Pueblo : diario republicano de Valencia (26/02/1904). En este fragmento se hace referencia a los hechos ocurridos el lunes 22 de febrero y a las manifestaciones en el Congreso del 23 de febrero, donde Blasco, bien podría decirse, “iba preparado”.

'El Pueblo : diario republicano de Valencia (28/02/1904).

El Pueblo : diario republicano de Valencia (28/02/1904).

También cabe decir que el ministro de la gobernación José Sánchez Guerra pudo haber hecho lo propio pero que, en realidad, llegó a un acuerdo con los representantes del valenciano. No ocurrió lo mismo con el teniente Alastuey, que tras dimitir, se las vería con Blasco.

El duelo a muerte de Alastuey-Blasco Ibáñez (cabe decir que en realidad, a pesar de aparecer el apellido en numerosas publicaciones como Alasteny, se hablaba en realidad del Primer Teniente Juan Alastuey Marías), fue en la tarde del 29 de febrero de 1904 (17:00h) en la finca del señor Sabater cerca del Paseo de las Delicias de Madrid, siendo todo un acontecimiento en aquella época, dada la magnitud de los hechos que lo propiciaron y que podéis ver resumidos en las imágenes anteriores.

Las condiciones del duelo fueron a treinta pasos (25 o 28 según las diferentes publicaciones de la época) con pistola rayada de combate y apuntando a voluntad de cada combatiente durante treinta segundos en el lugar de combate que se eligió, en campo completamente descubierto perteneciente a Sabater, donde en las cercanías se estaban realizando algunas construcciones (este hecho propicio que obreros cercanos al duelo se aproximaran al combate llenando los alrededores).

Los padrinos de Blasco Ibáñez fueron los Sres. Estévanez y Armiñan, actuando de juez de campo el Sr. Saint-Aubin, quien reloj en mano gritó aquello de “¡fuego!” para iniciar el duelo.

Tras sonar dos disparos, volvieron a repetirse las voces y volvió a disparar Alastuey, quien tras oírse un golpe seco y Blasco Ibáñez levantar la mano llevándose la mano izquierda al costado derecho, los padrinos acudieron aceleradamente a comprobar el estado del valenciano. La suerte estaba del lado de Blasco, pues la bala dio en la anilla del cinturón, el cual retorció y propició que el proyectil perdiese fuerza, y forma, deteniéndolo para salvar así su vida. El dolor que acusó Blasco no fue más que una gran contusión, como así certificó el reconocimiento del doctor San Martín que estaba en el lugar. Tras este hecho, fueron los padrinos quienes, tras deliberar, dieron por concluido el duelo.

Lo cierto es que Blasco no fue del todo “caballeroso”, a pesar de que la responsabilidad de revisar que el valenciano no incumplía ninguna regla recaía sobre el padrino de Alastuey (se dice en algunas publicaciones que sí fue revisado). Nuestro protagonista incurrió en una de las normas de los duelos: la de llevar algún cinturón u objeto que pudiera salvaguardar su integridad o interrumpir la trayectoria de una bala. Quizás, si no hubiera llevado ese cinturón, tendríamos que detener aquí la historia.

Las palabras de Blasco tras acercarse a Alastuey fueron las de que en ningún momento pretendió ofender al ejército, pues por él sentía verdadera simpatía tal y como demostró en un gran número artículos en el pasado, a lo que Alastuey contestó “Señor, esas declaraciones hechas antes del duelo hubieran sido aceptadas por mí”, a lo que Blasco dijo “Cierto, señor oficial, pero hechas antes, tenían menos valor que ahora para muchos”.

De vuelta a Madrid, ya en los coches y tras salir de la finca de Sabater, cabe destacar que la Guardia Civil a caballo tuvo que acompañar a padrinos y combatientes que fueron vitoreados por los obreros que presenciaron el duelo hasta un lugar más céntrico de Madrid, en entusiasta manifestación y exaltación tal y como destacan periódicos de la época (dependiendo del tipo de prensa de época, nos podemos encontrar que los obreros recriminaron a Blasco (tan solo 2 publicaciones), aunque la gran mayoría de periódicos (casi todas las consultadas) dice que en realidad fue vitoreado.  

Tras lo ocurrido, el señor Blasco Ibáñez recibió decenas de telegramas, cartas y numerosos escritos reflejados en prensa agradeciéndole su labor por la República y por seguir en la lucha y en la causa que muchos creían. Bien podemos asegurar que don Vicente volvió a nacer aquel día. 

Por cierto, aquel no fue el único duelo en el que participó Blasco. Años atrás, en 1900, Blasco Ibáñez se retó en duelo con Fernández Arias, director, por entonces, del diario La Correspondencia Militar, por varios artículos muy ofensivos hacia Blasco. Se ve que por entonces era común ajustar cuentas de esta manera.
Aquel duelo ocurrió en una quinta próxima a Madrid, con pistola, donde Blasco quedó levemente herido en la pierna. La reacción fervorosa de sus seguidores por lo ocurrido propició, finalmente, que el propio Fernández abandonara el periódico tras una multitud apedrear y gritar en la redacción de La Correspondencia. 

 

Fuentes: 

  • El Pueblo: diario republicano de Valencia
  • Prensa histórica (diversa)

 

Fotografía portada:  valencianews.es (aunque la fotografía pertenece a la Fundación Vicente Blasco Ibáñez).

 

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